Unos días después, el muchacho quiso montar el caballo nuevo, pero el animal no estaba acostumbrado al jinete, se encabritó y lo tiró por tierra. El muchacho, al caer, se rompió una pierna. Tanto su hijo como los vecinos se lamentaban de la mala suerte del chico. Su padre, en cambio, prosiguió con su temple habitual: "Paciencia, hijo, veamos qué sucede con el tiempo...".
El muchacho se lamentaba. Unos días más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban aptos para la guerra. Cuando vieron al hijo del labrador con la pierna entablillada, pasaron de largo. ¿Había sido buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?
