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miércoles, 11 de diciembre de 2019

Juan Pablo II y el mal carácter de un obispo

Se cuenta, que una noche estaba cenando San Juan Pablo II, con un monseñor mayor y un poco “cascarrabias” y este estaba contándole anécdotas y problemas , soltándole enfadado improperios. La primera vez, al darse cuenta de su reacción, se disculpó:
–         Santidad, perdone, pero…, es que es, así, mi carácter
A la tercera vez que reaccionó desproporcionadamente el monseñor, Juan Pablo II le contestó:
–         “Pues…, corríjase, corríjase…

martes, 5 de junio de 2018

Como papel arrugado (enfados)

Mi carácter impulsivo, cuando era niño me hacia reventar en cólera a la menor provocación, la mayoría de las veces después de uno de éstos incidentes, me sentía avergonzado y me esforzaba por consolar a quien había dañado.
Un día mi maestro, que me vio dando excusas después de una explosión de ira, me llevó al salón y me entregó una hoja de papel lisa y me dijo:
– ¡Estrújalo!
Asombrado obedecí e hice con él una bolita.
– Ahora -volvió a decirme- déjalo como estaba antes.

lunes, 3 de octubre de 2016

Forjar el carácter

«Imaginen ustedes la escena —decía pausadamente Fred Smith, al inicio de una conferencia en Tennessee (USA) hace unos años.
»Sitúense en la sabana africana, a orillas del lago Victoria, por ejemplo.
»Una gacela se despierta por la mañana, con la salida del sol, y piensa: “hoy tengo que correr más que el más rápido de los leones, si no quiero acabar devorada por uno de ellos”.
»A pocos kilómetros de allí, se despierta también un león e inicia su día pensando: “si no quiero morir de hambre, hoy tengo que correr al menos un poco más que la más lenta de las gacelas.” Smith hace una pausa más larga y, dirigiéndose al auditorio, concluye: »No sé si el papel de cada uno de ustedes en su vida es hoy de león o de gacela. Pero, en cualquier caso, por favor, ¡corran!» 

jueves, 28 de enero de 2016

El jardín del rey

Un  tenia un jardín del cual, estaba muy orgulloso, pues en él crecían los mejores árboles, y los cuidaba y contemplaba con admiración. Un buen día, paseando entre los árboles de su jardín descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.
Un rey tenia un jardín del cual, estaba muy orgulloso, pues en él crecían los mejores árboles, y los cuidaba y contemplaba con admiración. Un buen día, paseando entre los árboles de su jardín descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.

Entonces el rey le preguntó al Roble que le pasaba y este le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino. Volviéndose, el rey al Pino, lo halló en el  y se interesó por lo que le pasaba y este le respondió que porque no podía dar uvas como la Vid. Acercándose a la Vid descubrió que también ella se moría porque no podía florecer como la Rosa. Miró a La Rosa  y la encontró llorando porque no podía ser alta y sólida como el Roble.

viernes, 25 de junio de 2010

La puerta del cambio

          Para mejorar, para cambiar, hace falta que queramos. No son suficientes la buena formación y los consejos recibidos. Una verdad de perogrullo, que viene bien recordar con frecuencia. La anécdota lo muestra, al tiempo que alienta a los padres y educadores: lo sembrado queda en el corazón y, en muchos casos, acaba produciendo fruto.
          Aquel chico tenía catorce años y se puede decir que era un auténtico desastre. Tenía un carácter muy difícil y una apatía impresionante. Apenas atendía en clase, y luego en su casa estudiaba menos aún. Parecía no tener ilusión por nada, suspendía habitualmente un montón de asignaturas, y sus padres estaban desesperados.
          El caso es que acabó el curso, y las vueltas de la vida hicieron que durante mucho tiempo apenas volviéramos a tener noticias el uno del otro, hasta que siete años después coincidimos una lluviosa tarde de septiembre en una cafetería.

          Me alegró verle sonriente, con sus flamantes veintiún años recién cumplidos y sus casi dos palmos más de altura. Fue una coincidencia casual y, como procuro hacer siempre con quienes fueron mis alumnos en aquellos años que dediqué a la enseñanza, quedamos después para charlar un rato. Cuando nos sentamos, le pregunté cómo iba su vida

          Mi primera sorpresa fue que estaba en cuarto curso de una carrera bastante difícil. Además, no sólo no había perdido ningún año, sino que llevaba esos estudios con unos resultados brillantes. Mientras me lo contaba, venían a mi memoria aquellas reuniones de profesores, cuando analizábamos la marcha del curso, donde varias veces se llegó a decir —quizá alguna vez yo mismo— que aquel chico, salvo un milagro, no llegaría a terminar el bachillerato.

          El caso es que el milagro se había producido. Su vida había cambiado. No es que hubiera cambiado un poco, podía decirse que había cambiado por completo y en casi todo. Es como si fuera otra persona. Como si de aquellos viejos tiempos conservara poco más que su nombre y sus apellidos.

          Yo estaba intrigado por el cambio. «Oye —le dije—, tienes que explicarme qué ha pasado contigo para que hayas cambiado de esa manera. Me tienes asombrado.»

          La pregunta le sorprendió un poco. Calló por unos instantes, como queriendo ordenar sus ideas, se puso un poco más serio, y finalmente empezó su relato, despacio pero con soltura:

          «Mira. Fue un día concreto. A lo mejor te parece un poco raro, y quizá lo sea, pero fue un día concreto, un día por la mañana. Llevaba unas semanas fatal. Mejor dicho, unos años. Llevaba años oyendo siempre lo mismo. De mis padres, de mis profesores, de todos. Siempre lo mismo. Que yo era un desastre, que estaba hipotecando mi vida, que iba a ser un desgraciado si seguía por ese camino, que me estaba buscando la ruina, que nunca sería un hombre de provecho, y todo eso que dicen las personas mayores.

          »Pensaba en el fracaso de mi vida, en todo eso que me había dicho tantas veces tanta gente. Pero aquella vez fue distinto. No me dijo nada nadie. Aquella vez me lo dije todo yo a mí mismo. Y cambié. Eso es todo.

          Levantó la mirada, como dudando si hacer o no una glosa personal de todo aquello, y finalmente concluyó:

          »Desde entonces, tengo una idea bien clara: los buenos consejos te dan oportunidades de mejorar, pero nada más. Si no los asumes, si no te los propones seriamente, como cosa tuya, no sirven de nada, por muy buenos que sean; es más, para lo único que sirven entonces es para que cada vez los valores menos, para que se produzca una especie de inflación de los consejos que recibes.

          »Oír una cosa es muy distinto de hacerla propia. Y para mejorar realmente, la única manera es ser capaz de decirse a uno mismo las cosas, ser capaz de cantarte las cuarenta a ti mismo.»

ALFONSO AGUILÓ
INTERROGANTES.NET
RELATO COMPLETO: AQUÍ

jueves, 24 de junio de 2010

LA CERCA DE CLAVOS

          Érase una vez un joven con un carácter bastante violento. Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que clavara un clavo en la cerca del jardín cada vez que perdiera la paciencia y se peleara con alguien. El primer día, llegó a clavar 37 clavos en la cerca. Durante las semanas siguientes aprendió a controlarse, y el número de clavos colocados en la cerca disminuyo día tras día: había descubierto que era más fácil controlarse que clavar clavos.

          Finalmente, llego un día en el cual el joven no clavó ningún clavo en la cerca. Entonces fue a ver a su padre y le dijo que había conseguido no clavar ningún clavo durante todo el día. Su padre le dijo entonces que quitara un clavo de la cerca del jardín por cada día durante el cual no hubiera perdido la paciencia. Los días pasaron y finalmente el joven pudo decirle a su padre que había quitado todos los clavos de la cerca.

          El padre condujo entonces a su hijo delante de la cerca del jardín y le dijo:

          - "Hijo mío, te has portado bien, pero mira cuantos agujeros hay en la cerca del jardín. Esta cerca ya no será como antes. Cuando te peleas con alguien y le dices algo desagradable, le dejas una herida como esta. Puedes acuchillar a un hombre y después sacarle el cuchillo, pero siempre le quedará una herida. Poco importa cuantas veces te excuses, la herida verbal hace tanto daño como una herida física. Los amigos son como joyas muy valiosas. No los maltrates. Siempre están dispuestos a escuchar cuando lo necesitas, te sostienen y te abren su casa."