Menuda es la señora Rafaela. Hace no mucho
estaba ella tan tranquila escuchando la homilía de su cura. Porque ella
es de su parroquia, aunque con el párroco de cuando en cuando se las
tenga tiesas.
Hablaba el sacerdote del final de la vida. Y
su teoría, demasiada extendida por cierto, es que cuando uno se muere
se va derechito al cielo. Automático . No importa cómo hayas
vivido, ni lo que hayas hecho, ni tu fe o la falta de ella, ser honrado o
sinvergüenza. Todos al cielo. El razonamiento simplísimo: si Dios es
bueno y es misericordia está claro. No hay purgatorio, no hay pecados
que expiar, no hay pena, no hay necesidad de nada. Todo es gratuito de
parte de Dios. Por tanto, era la conclusión, no nos agobiemos por los
difuntos porque todos sin excepción están en el cielo desde el mismo
momento de su muerte.
Rafaela no tiene estudios especiales, pero sí su formación con un catecismo muy bien aprendido. Y de tonta ni un pelo.
Acaba la misa y ella a la sacristía. Y le pregunta al buen cura:- Así que según lo que usted acaba de predicar, ¿mis padres están en el cielo desde el día de su fallecimiento?
