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sábado, 8 de agosto de 2015

Jünger y los optimates

Vivir ciento tres años es garantía de multitud de experiencias. Dos guerras mundiales, un premio Goethe como mejor escritor de la lengua alemana, soldado, literato, refinado asistente a tertulias y convenciones, todo eso y mucho más ilustra la vida que Ernst Jünger entregó, pocos meses después de su conversión a la fe católica, el 17 de febrero de 1988.

Durante lo años 30 del siglo pasado, Jünger se posicionó abiertamente contra la ideología nazi. Llegó incluso a participar en el atentado que trató de dar muerte a Hitler. Después de haber defendido durante años a su patria, se avergonzó de ella después de conocer el programa nazi de exterminio judío, y llegó a afirmar que «el uniforme, las condecoraciones y el brillo de las armas, que tanto he amado, me producen repugnancia».

En su obra «Sobre los acantilados de mármol», Jünger presenta a un personaje cuya norma de vida nos resulta inspiradora. Otón trataba a todos los seres humanos que se le acercasen «como hallazgos raros descubiertos en una caminata. Le gustaba calificar a los humanos de “optimates”, palabra con la cual quería indicar que a todos es preciso contarlos entre la nobleza genuina de este mundo y que cada uno de ellos puede obsequiarnos con las dádivas más excelsas. Tomaba a los seres humanos como si fueran vasijas de lo maravilloso y a todos les reconocía derechos de príncipes, como a imágenes excelsas. Y realmente yo veía cómo todas las personas que se acercaban a él se abrían cual plantas que despertasen de un sueño invernal; y no es que se hicieran mejores, sino que se hacían más ellas mismas»[1].