Lo más grande, lo más bonito de la vida de los hombres… es lo pequeño. Contaba un sacerdote que, estando en la India, celebró Misa muy de madrugada a unas religiosas junto con el Obispo y otros invitados. A la hora del desayuno se descubrió el extraordinario lujo de un huevo frito en el plato de cada uno de los cuatro comensales.
Por desgracia (o por fortuna), ninguno de los otros tres podían tomar el huevo, de modo que don Leo se comió los cuatro movido por el deseo de evitar un disgusto a las hermanas que con tanto cariño habían preparado tan suculento manjar. La cosa no debió de pasar desapercibida a la hermana sacristana puesto que, a la mañana siguiente después de la Misa, don Leo –esta vez solo– encontró en su mesa de desayuno, café, pan y… ¡cuatro huevos fritos!

