El vecino bajó a casa; había descubierto había problemas mayores que los suyos y que todo el ruido nocturno estaba totalmente justificado.
Aquella noche fue espectacular. Bocinas, gritos en la calle, discusión matrimonial en el piso de al lado…
Pero aquello no podía permitirse: ahora, a las dos de la mañana, la vecina de arriba paseaba a lo largo del pasillo, cantando.
La primera reacción de incredulidad dio paso a una explosión de mal genio: gritos, improperios e insultos; luego golpes en el techo con el palo de la escoba, pero todo esfuerzo resultó inútil. Aquello continuaba como si nada. Los pasos siguieron hasta primeras horas de la mañana, aunque las melodías cesaron a las cinco.













