Cuando se presentó en el despacho parroquial, hacía más de diez años que no pisaba una iglesia. Dos lustros atrás, un 22 de marzo, había hablado con su padre a las nueve y veintitrés de la mañana. Recordaba la hora exacta. Imposible de olvidar.
Cosas intrascendentes. Manolo salía a comprar unas cosas y le decía a Marina si quería algo del supermercado. Hasta aquí, todo normal.
A las nueve y cuarenta y cinco sonaba nuevamente el móvil de Marina. Esta vez era Pilar, su madre. Lloraba. Al poco de colgar, Manolo se había sentido mal… y a los ocho minutos estaba muerto. Había caído redondo. La ambulancia estaba de camino pero no había nada que hacer. Bien lo sabía ella, enfermera desde hacía cuarenta y un años… y por eso lloraba, lloraba y buscaba en Marina el apoyo que la medicina no les podía dar.
Ahora, una década después, Marina volvía a la iglesia, y no iba sola. Le acompañaba su hija de siete años. Cuando estuvieron las dos con el párroco, le dijo: «Padre, he ido desde que tenía la edad de mi hija a la peregrinación a la Virgen de Lourdes que hay a las afueras del pueblo. A veces descalza. La amaba sinceramente; la quería de verdad. ¿Por qué me hizo eso? ¿Por qué?…