El roble crecía fuerte, imponente, en la ladera soleada. Ahí
surgían fuentes que habían sido todas probadas y apropiadas por el
árbol en su larga historia. Se sentía orgulloso, dentro de la Marca.
Junto
al Roble, algún que otro ejemplar más joven apenas le hacía sombra…
Lo que sí se arrimaba al árbol era una tupido carrascal que le protegía
de la tentadora hacha.
Ese roble podría haber durado más de mil años, pero… cuando las cosas iban bien, cuando era una nación unida, cuando su sombra cobijaba tanta vida, pensó que era el momento de probar otras aguas y, primero de modo tímido, luego ya descaradamente, optó por trasladar sus raíces a la última fuente, de la que nadie aún bebía, porque era de agua salada.












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