“Arturo, (Arturino para todos) crecía dando lo mejor de sí en tenacidad, energía, vivacidad, alegría, simpatía… En síntesis, ¡era un encanto! […]
Las primeras dificultades objetivas comenzaron cuando se puso la primera prótesis: para un niño de un año no debería ser tan sencillo aprender a usar un cuerpo extraño.
Por ejemplo, cuando tenía que doblar la rodilla para sentarse, debía tirar de un cordel para desbloquear un mecanismo de seguridad que no siempre respondía con rapidez; pero él, con paciencia, lo había convertido en un juego.












