Ayer pasé por una farmacia para una de esas pruebas del colesterol de pinchazo en un dedo. La farmacéutica estaba ocupada con una señora. Los minutos corrían y seguía muy atareada con ella. Para matar el rato me puse a ojear ese bazar multiusos que hoy son las farmacias.
Tras repasar los champús y crecepelos, las gafas de presbicia «low cost», las homeopatías mágicas, los ingenios lúdicos de la casa Control y el infinito universo de tubos de pasta de dientes, me puse a fisgar en qué andaban tan liadas la mujer y la farmacéutica. La clienta debía tener setenta y muchos, pero vestía de manera deportiva, con chándal, playeras y un impermeable ligero de color vivo.
