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lunes, 8 de febrero de 2010

EN UN INSTANTE MI CORAZÓN FUE TOCADO Y CREÍ


"El hombre se forma interiormente con el ejercicio y se forja respecto a lo exterior mediante choques" (Art poétique). Estas palabras de Paul Claudel definen admirablemente lo que fue la esencia de la vida de este gran poeta y dramaturgo francés.

Nació en 1868. Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas, después empezó la carrera diplomática, representando a su país brillantemente por todo el mundo.

El acontecimiento clave en su vida ocurrió en la Navidad de 1886. Entresaco algunos párrafos de su relato:

"Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886, fue a Notre-Dame de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asistía, con un placer mediocre, a la Misa mayor....

Los niños del coro estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat...
Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda....

¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!". Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste aumentaba mi emoción...

Paul-André Lesort: Claudel visto por sí mismo

PUEDES LEER EL RELATO COMPLETO AQUÍ

jueves, 28 de enero de 2010

Eramos ateos perfectos


André Frossard nació en Francia en 1915. Como su padre, Ludovic-Oscar Frossard, fue diputado y ministro durante la III República y primer secretario general del Partido Comunista Francés, Frossard fue educado en un ateísmo total. Encontró la fe a los veinte años, de un modo sorprendente, en una capilla del Barrio Latino, en la que entró ateo y salió minutos más tarde cristiano
Así rememora su vida André Frossard

"Eramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los últimos militantes anticlericales que todavía predicaban contra la religión en las reuniones públicas nos parecían patéticos y un poco ridículos, exactamente igual que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar la fábula de Caperucita roja"

¿Necesito decir que no estaba bautizado? Según el uso de los medios avanzados, mis padres habían decidido, de común acuerdo, que yo escogería mi religión a los veinte años, si contra toda espera razonable consideraba bueno tener una.

Karl Marx me fascinaba. Era un león, una esfinge, una erupción solar. Karl Marx escapaba al tiempo. Había en él algo de indestructible que era, transformada en piedra, la certidumbre de que tenía razón. Ese bloque de dialéctica compacta velaba mi sueño de niño. (...)

Rechazábamos todo lo que venía del catolicismo, con una señalada excepción para la persona -humana- de Jesucristo, hacia quien los antiguos del partido mantenían (con bastante parquedad, a decir verdad) una especie de sentimiento de origen moral y de destino poético. No éramos de los suyos, pero él habría podido ser de los nuestros"

André Frossard
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martes, 26 de enero de 2010

NO LLORES TANTO QUE SOLO ES UNA CÉLULA


María de la Cuesta quiso contarnos la terrible experiencia que le tocó sufrir cuando con 17 años la obligaron a abortar. Y quiso narrarlo así, a cara descubierta, con su nombre y su apellido, orgullosa de cómo ha reconducido su vida, pero eso sí, con el corazón en un puño, la voz entrecortada y las lágrimas asomando a sus hermosos ojos «porque nunca puedes perdonarte y jamás puedes olvidarte de que mataste a tu hijo».

La de María es una historia dura, pero habitual. Responde al perfil mayoritario de las mujeres que interrumpen voluntariamente sus gestaciones: menores de edad o muy jóvenes que se quedan embarazadas y son obligadas, en contra de sus deseos, a abortar por la presión de su pareja y/o su familia y por la situación socio-económicas de su existencia. No hay cifras oficiales, pero los especialistas consideran que entre un 75 y 80% de las mujeres que pasan por esta penosa experiencia responden a estas características.

Once semanas y tres días

Posee una voz muy dulce. Se emociona cuando rememora los episodios del drama que padeció cuatro años atrás: «Por circunstancias familiares me fui de casa muy joven. Vivía con mi novio y, al poco tiempo, noté una falta en la regla. Me hice las pruebas en la farmacia y salieron negativas. Pensamos que sería algún desajuste hormonal, pero yo me sentía rara. Insistía en que estaba embarazada. Mi novio decía que todo era un embarazo psicológico. Total que por fin nos decidimos a ir al ginecólogo».

«Tras ver la «eco»-prosigue- el doctor me dijo que estaba embarazada de once semanas y tres días. Aquello fue una tragedia. Yo quería tenerlo, pero mi novio, no. Que si estaba loca, que si no teníamos ni trabajo ni dinero, que si daba a luz me dejaba… Busqué ayuda en mi madre. Fui a verla. Estaba dispuesta a volver con ella pese a todas las desavenencias». Pero su respuesta fue cruel: «En mi casa no entras con barriga». La presión fue intensa. Amenazas de su novio, de su madre…

DOMINGO PÉREZ (MADRID)

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lunes, 25 de enero de 2010

EL BUEN CHORIZO


En una de mis primeras guardias del Turno de Oficio, me llamaron de la comisaría la tarde del día enque estaba de suplente, para atender a un detenido. El asunto era el siguiente: Un hombre de unos 27 años había dado un "tirón" a una anciana, para robarle la cadena que la señora llevaba al cuello. Con el tirón la señora se fue al suelo, pero el ladrón, tras salir corriendo se paró en la esquina próxima para ver que había sido de su víctima. Al observar que nadie de los que pasaban se acercaba a ayudar a la señora, él mismo volvió junto a ella, y tras devolverle lo robado, llamó a una ambulancia y llevó a la señora al hospital, donde la ingresaron con fractura de cadera.

Lógicamente del hospital pasó a la comisaría este caritativo ladrón. Como al día siguiente lo pude atender en el juzgado, aproveché para hablar con él, pues me pareció que su comportamiento se salía de lo corriente de los "Chorizos habituales". El buen hombre - digamos que se llamaba Sergio- me contó su historia. Era un administrativo de una empresa y estaba casado. Pasaba muchas horas en su trabajo, pues su jefe era un poco negrero- slave driver-, y un buen día que regresó antes de lo habitual a su casa, se encontró a su mujer con otro, y encima se rieron de él. Hubo una separación, etc..., y él cogió una depresión.

Perdió su empleo, y para colmo empezó a alternar con antiguos compañeros/as del instituto. Una de ellas, con la intención de levantarle el ánimo, le metió en el mundo de la droga. Cuando yo le asistí estaba enganchado a una mezcla de cocaína y heroína.Pero como se ve por cómo le detuvieron, aún no había tocado fondo. Tras varias gestiones conseguí que ingresara en un establecimiento de desintoxicación regentado por voluntarios de la diócesis. Pero las cosas de palacio van despacio, así que no fue hasta pasados dos años que salió su juicio. El caso es que, en contra del criterio habitual de la Fiscalía, en supuestos de robo con violencia, se le permitió cumplir condena en el establecimiento de desintoxicación donde estaba ingresado. Actualmente trabaja allí como administrativo, y se encuentra totalmente rehabilitado.

Pablo Luis Sáez

domingo, 24 de enero de 2010

Te voy a meter nueve meses en este zulo, para que nazcas de nuevo

Bosco Gutiérrez es un arquitecto mexicano. Una mañana, hace ya diez años, un grupo de hombres encapuchados lo golpearon y lo metieron en un coche para secuestrarlo. Durante nueve meses estuvo desnudo, encerrado en un zulo de tres metros cuadrados con un camastro y un cubo a modo de orinal, y con una música que le retumbaba los oídos las veinticuatro horas del día.

Los primeros tres meses, Bosco estuvo sumergido en una especie de depresión. Los secuestradores le habían obligado a dar información acerca de su familia, y él sentía que los había traicionado. No se movía, no comía, se quedaba tirado en el suelo sin hacer nada… El día de la independencia de México, los secuestradores le dejaron pedir lo que quisiera. Pidió un whisky, y se lo trajeron. Bosco estaba dispuesto a saborearlo como si fuera el último placer de su vida. “Fue entonces cuando escuché una voz en mi cabeza que decía: ofrécelo. Y yo pensaba: no voy a ofrecer esto, es lo único bueno que tengo. Ofrezco el estar secuestrado. Eso no depende de ti, decía la voz de mi cabeza”.

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miércoles, 20 de enero de 2010

Desde Barcelona a Bombay


Jaume Sanllorente era periodista económico. Llevaba una vida cómoda, sin demasiadas preocupaciones. Cuando llegaron las vacaciones, decidió ir a una agencia de viajes. Su idea era marcharse a Turquía. Desde la agencia le recomendaron Bombay, y decidió probar. Lo que iban a ser unos simples días de vacaciones, acabaron por cambiarle la vida.

“Cuando llegué a Bombay, pude ver desde el taxi una zona de chabolas enorme. Y pensé que, como periodista, no podía marcharme de allí sin haber conocido aquello”. Lo que vio en esa zona le impactó profundamente. Montones de personas que vivían en la pobreza más absoluta, despreciados por el resto de la sociedad, faltos de higiene, de comida y sin posibilidad de ser curados de las enfermedades que padecían muchos de ellos.

Allí conoció la historia de un orfanato con cuarenta niños. “Una vez más, mi conciencia de periodista me hizo pensar que no podía irme de allí sin escribir una historia para darla a conocer”. Gracias a eso supo que el orfanato estaba a punto de irse a la quiebra, y que todos aquellos niños se quedarían sin tener a dónde ir. “Entonces me pregunté qué sería de todos ellos. Y me lo explicaron. Puede sonar inverosímil, pero fuera del orfanato había una furgoneta negra, esperando para llevarse a los niños en cuanto el orfanato quebrara. Eran de una mafia que quería llevárselos para explotarlos en la mendicidad y en toda clase de cosas horribles”.

Jaume no se lo pensó dos veces. Dejó su trabajo, vendió su piso y se volvió a Bombay para quedarse. “La gente me decía que estaba loco, que aquello era un ‘calentón’ que me había dado, y que con el tiempo se me pasaría. Yo estaba seguro de que, efectivamente, aquello se me podía pasar con el tiempo. Pero también pensaba en lo que les pasaría a esos niños”.

Con el dinero que obtuvo por su piso, rescató al orfanato de la quiebra, y fundó la ONG: “Sonrisas de Bombay”. Lleva allí cinco años. Empezó con cuarenta niños, y ahora son más de cinco mil los beneficiados.

¿Es duro estar allí? “Obviamente uno tiene sus momentos difíciles… La gente me pregunta si nunca he pensado en volver. Puede sonar exagerado, pero en todo este tiempo no he tenido ni un minuto para pensar. Hay demasiadas cosas que hacer”. Y para acabar, da un consejo a los jóvenes: “Que no hagan problemas de dónde no los hay. La mayoría de los problemas que tenemos nos los hemos fabricado nosotros mismos”.

Ver aquí: Sonrisas de Bombay

martes, 19 de enero de 2010

Camina hacia el sol


Aunque el camino sea largo y difícil, no te dejes vencer... si eres constante, tus sueños pueden convertirse en realidad.

Una pequeña oruga caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se encontraba un saltamontes.

"¿Hacia donde te diriges?" - le preguntó -.

Sin dejar de caminar, la oruga contestó:

"Tuve un sueño anoche: soñé que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo".

Sorprendido, el saltamontes dijo mientras su amigo se alejaba:

"¡Debes estar loco!, ¿cómo podrás llegar hasta aquel lugar?, ¿tú?, ¿una simple oruga? .... una piedra será una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable"...

Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó, su diminuto cuerpo no dejó de moverse.

De pronto se oyó la voz de un escarabajo preguntando hacia dónde se dirigía con tanto empeño. La oruga contó una vez más su sueño y el escarabajo no pudo soportar la risa, soltó la carcajada y dijo:

"Ni yo, con patas tan grandes, intentaría realizar algo tan ambicioso", y se quedó en el suelo tumbado de la risa mientras la oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos centímetros.

Del mismo modo la araña, el topo y la rana le aconsejaron a nuestro amigo desistir: "¡No lo lograrás jamás!" le dijeron, pero en su interior había un impulso que lo obligaba a seguir. Ya agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar. "Estaré mejor", fue lo último que dijo y murió.

Todos los animales del valle fueron a mirar sus restos, ahí estaba el animal más loco del campo, había construido como su tumba un monumento a la insensatez, ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió por querer realizar un sueño irrealizable.

Esa mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos, aquella concha dura comenzó a quebrarse y con asombro vieron unos ojos y unas antenas que no podían ser las de la oruga que creían muerta, poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas de mariposa de aquel impresionante ser que tenían en frente, el que realizaría su sueño, el sueño por el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a vivir. Todos se habían equivocado......

Dios nos ha creado para conseguir un ideal, vivamos por él, intentemos alcanzarlo, pongamos la vida en ello y si nos damos cuenta que no podemos, quizá necesitemos hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical en nuestras vidas y entonces, con nuevos bríos y con la gracia de Dios, lo lograremos.

"El éxito en la vida no se mide por lo que has logrado, sino por los obstáculos que has tenido que enfrentar en el camino".

Aida Robles

lunes, 18 de enero de 2010

De Tarragona a Barcelona, pasando por Malabo


Adios, Candy Candy

Entonces vivíamos en Tarragona. Yo debía tener unos ocho años cuando mis padres nos dijeron que empezáramos a recoger la casa porque nos íbamos de vacaciones. -“Qué bien”, pensé.

Empaquetaron los cuadros, luego los muebles, y poco a poco fueron desapareciendo las camas, los armarios y las cortinas. “Claro –pensaba yo- es que nos vamos de vacaciones”. Mis hermanas estaban contentísimas. Hasta que una tarde me quitaron el póster de Candy Candy del cuarto y aterricé en la realidad.

-¡Yo no me voy de Tarragona! –protesté-. ¡Yo me quedo en España con mis amigas!
-¡Eso, ahora mismo nos vamos al aeropuerto y cambiamos los billetes! -bromeaban mis padres. Y en un visto y no visto, nos plantamos en Guinea Ecuatorial.

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viernes, 15 de enero de 2010

Mi hermana Begoña y los bebés medicamento



El embrión es ya un hijo, aunque esté enfermo. Eliminarlo por este motivo, querer tener un hijo de diseño o que cumpla con determinados mínimos, priva a las familias de vivir experiencias tan ricas como la que la autora comparte en esta página

Sirva este testimonio de canto a esos hermanos embriones, que son sacrificados o se encuentran congelados, a costa del otro, del bebé medicamento. Mi hermana se llamaba Begoña. Era la quinta, y mi única hermana. Tenía 17 años menos que yo, y nació gracias a que siendo aún embrión no fue seleccionado entre otros embriones hermanos como no apta para nacer. Si por el contrario hubiese sido investigado y seleccionado en plan eugenésico, mi hermana no hubiera nacido. Soy bióloga, estoy en activo y sé de lo que hablo.

Al leer noticias sobre bebés medicamento me acuerdo de ella. Nació aún siendo mis padres perfectamente conscientes del riesgo que corrían teniendo a esa niña, debido a la edad de mi madre, ya mayor. Pero mis padres se querían mucho, y sabían que esa felicidad amorosa no podía terminar de otra manera.

Begoña supuso al principio un gran desconcierto para todos. Efectivamente nació con problemas sanguíneos, con problemas de integración cerebral, de coordinación nerviosa y de psicomotricidad, que supusieron no pocas dificultades y aparentes fastidios. Viajes cansados en busca de centros especializados y tratamientos, sacrificios de caprichos y de tiempo, de gastos a veces necesarios, de tener que suplir horas de descanso por rehabilitaciones pesadas y duras....

Ahora que de nuevo pienso en ella, recuerdo esta época de mi adolescencia como un aparente sin vivir de mis padres, de lucha y más lucha por sacarla adelante, pero nunca como unos años amargos, sino todo lo contrario. Años en los que descubrí la generosidad de mis padres, en los que los lazos familiares se fortalecieron, en los que nadie se quejaba por carencias materiales, sin envidias, ni celos, ni egoísmos, ni tonterías...; porque Begoña, con su sonrisa agradecida, nos conquistaba. Sus ojeras y carita melancólica reclamaban de todos cariño y necesidad, y nos forzaba a dar, a darle, a darnos. ¿Qué tendría esa niña enferma que a todos nos ayudaba?

Y quisiera hacer más extensiva esta pregunta, preguntarme y preguntaros: ¿qué puede aportarnos un niño enfermo? ¿Sirve para algo? ¿Compensa su enfermedad, o es preferible que no viva? Mi hermana, como cualquier niño que padece, nos dejó un tesoro de humanidad, una huella grande en el corazón, y una enseñanza de sensibilidad hacia los demás, en primer lugar hacia los propios hermanos.
Begoña nos dio todo lo que tuvo, cosas pequeñas que aparentemente no brillaban, y que no siempre nos gustaban, que nos molestaban.

Pero precisamente por el hecho de no ser fabricada, ni elegida de entre otros, mis padres la esperaron sin afán de posesión, y sin afán de derechos. La aceptaron como era, porque vieron en ella algo creado como fruto de un amor conyugal que se vive a tope, por dentro y por fuera, sin barreras, y que se concibe en un lecho de felicidad. Y así llegó por derecho. Begoña iluminó con su llegada nuestra casa.

... y la Providencia es la Providencia

Nadie se ha olvidado de ella. La recordamos, sobre todo, por la felicidad que nos proporcionaba el poder ayudarla y por lo que eso nos hizo crecer y madurar como hermanos. Nadie recuerda los malos ratos..., sino su entrañable ternura. Y digo olvidado porque la vida de Begoña se acabó el día que cumplía su mayoría de edad. Se fueron las dos, mi madre y ella. Y esto también me hace pensar en las cosas que tiene esta vida. ¿Quién les iba a decir a todos aquellos que auguraban la ancianidad de mi hermana como desgraciada y solitaria, con hermanos ya de vida hecha y padres muy mayores...?

Cuántos temores; cuánta palabrería perdida, porque el destino es el destino; las estrellas, las estrellas; y la Providencia, la Providencia; y nadie se escapa a ella. Sin embargo, cómo nos gustaría poder apoderarnos además del momento de la vida, también del momento de la muerte. Cómo nos gustaría conocerlo de antemano. Cuánto dinero gastamos en ello. Cartas y adivinos. Horóscopos y más cartas.
Mi hermana y mi madre murieron de la manera más inesperada. Nos dejaron las dos juntas en un accidente de tráfico.

Mi hermana cumplía ese día su mayoría de edad. Decían sus profesores que moría en el momento adecuado, después de haber conseguido su cerebro un máximo de madurez. ¿Estaría este momento previsto? Porque cuántos planes idos a pique. Pienso, asimismo, que hay hechos que se nos escapan, que juegan con las ciencias y las tecnologías más exactas. Ni el nacer ni el morir dependen sólo de la biología.
La vida humana se mantiene también con otras fuerzas además de las energéticas. Vivimos de esperanzas, de sueños de paz, y anhelamos una felicidad perenne que parece que nunca llega del todo. No juguemos con esas fuerzas -reales, aunque no sean físicas- que nos dirigen desde fuera.

Esperanza Eguía Padilla
en Alfa y Omega