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lunes, 8 de noviembre de 2021

Una noticia gravísima

En una iglesia, un sacerdote dijo en la homilía. Hermanos míos, dijo, tengo una gravísima noticia que daros. Se hizo un silencio sepulcral, mientras todos los rostros le seguían con atención.

-La noticia es ésta –siguió diciendo- : Un día habréis de morir y seréis juzgados por Dios.

Entre los asistentes hubo un suspiro general de alivio, risitas y miradas burlonas.

-Parecéis defraudados -continuó diciendo el sacerdote-. Creéis que me burlo de vosotros, y es todo lo contrario, sois vosotros quienes os reís de mí. Por el modo de conduciros, pensando únicamente en hacer dinero, en placeres o en cosas parecidas, se diría que pensáis vivir siempre.

martes, 22 de enero de 2019

La alegría del rey macedonio

En el año 356 a.C. el rey macedonio Filipo II (382-336 a. C.) había conseguido grandes éxitos tanto en su política exterior como en su vida personal. Con la anexión de Crenides, explotó las ricas vetas de oro y plata de las vecinas minas del monte Pangeo y había emitido sus primeras monedas de estos metales.

 También estaba consiguiendo fortalecer y ampliar las fronteras de sus tierras, había agregado la cleruquía ateniense de Potidea a su reino. Ese otoño y en el mismo día recibió tres grandes noticias:

viernes, 23 de octubre de 2015

Las últimas palabras de Vicente

Estaba en sus últimos momentos de vida. Vicente era ya anciano. Había cumplido con honradez y rectitud su vida y aunque había encontrado no pocos momentos de sufrimiento los había superado con un optimismo y una fe inquebrantables. 

En el fondo, estaba contento, porque sus cinco hijos habían conseguido acudir al hospital desde lugares muy lejanos para despedirse de su padre. Perfectamente consciente, el anciano padre dirigió unas últimas palabras a sus familiares:

"Hijos, doy gracias a Dios por todo lo que me ha concedido. También quiero pediros perdón por las veces que pude causaros algún mal. Perdonadme, vosotros y todos a los que pude ofender con mi egoísmo o mi orgullo. Quiero también pedir perdón a Dios y a la Virgen por mis pecados y, sobre todo, por las muchas ocasiones donde pude haber hablado de Él y me callé por miedo o por vergüenza.