jueves, 11 de febrero de 2016

A veces nos enfadamos con nuestras madres

Cuando se presentó en el despacho parroquial, hacía más de diez años que no pisaba una iglesia. Dos lustros atrás, un 22 de marzo, había hablado con su padre a las nueve y veintitrés de la mañana. Recordaba la hora exacta. Imposible de olvidar. 

Cosas intrascendentes. Manolo salía a comprar unas cosas y le decía a Marina si quería algo del supermercado. Hasta aquí, todo normal.

A las nueve y cuarenta y cinco sonaba nuevamente el móvil de Marina. Esta vez era Pilar, su madre. Lloraba. Al poco de colgar, Manolo se había sentido mal… y a los ocho minutos estaba muerto. Había caído redondo. La ambulancia estaba de camino pero no había nada que hacer. Bien lo sabía ella, enfermera desde hacía cuarenta y un años… y por eso lloraba, lloraba y buscaba en Marina el apoyo que la medicina no les podía dar.

Ahora, una década después, Marina volvía a la iglesia, y no iba sola. Le acompañaba su hija de siete años. Cuando estuvieron las dos con el párroco, le dijo: «Padre, he ido desde que tenía la edad de mi hija a la peregrinación a la Virgen de Lourdes que hay a las afueras del pueblo. A veces descalza. La amaba sinceramente; la quería de verdad. ¿Por qué me hizo eso? ¿Por qué?…


Llevo diez años sin ir a la iglesia. Me mudé a la ciudad, he venido a este barrio y mi hija se ha empeñado hoy en venir a Misa. Ya ve usted: un miércoles. ¿Por qué desagradarla?». Marina comenzó a sollozar, «cuando he entrado y he visto la talla de la Virgen de Lourdes…».

Entres quejidos, la madre continuó: «me he rebelado todos estos años contra la Virgen»… entonces, la pequeña Cecilia, viendo que su madre callaba por la angustia, dijo muy sonriente al señor cura: «Ya ve, don Mariano: a veces nos enfadamos con nuestras madres».

Marina tomó aliento y continuó: «Pero ahora, que he entrado y la he visto… creo que debo volver»… Mientras ella quedaba de nuevo sin habla, su hija apuntó nuevamente: «A veces no obedecemos a nuestras madres, pero yo creo que, aunque no lo veamos, ellas siempre tienen razón».

Tratar a María y conocer sus razones nos mostrarán el modo de caminar por la vida según el amor. Acude a ella. Fíate. Puedes tener absoluta certeza de que, pase lo que pase, te quiere, te ama con corazón de madre. ¿Y qué amor hay más firme que el de las madres?

Fulgencio Espá

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