viernes, 15 de enero de 2010

Mi hermana Begoña y los bebés medicamento



El embrión es ya un hijo, aunque esté enfermo. Eliminarlo por este motivo, querer tener un hijo de diseño o que cumpla con determinados mínimos, priva a las familias de vivir experiencias tan ricas como la que la autora comparte en esta página

Sirva este testimonio de canto a esos hermanos embriones, que son sacrificados o se encuentran congelados, a costa del otro, del bebé medicamento. Mi hermana se llamaba Begoña. Era la quinta, y mi única hermana. Tenía 17 años menos que yo, y nació gracias a que siendo aún embrión no fue seleccionado entre otros embriones hermanos como no apta para nacer. Si por el contrario hubiese sido investigado y seleccionado en plan eugenésico, mi hermana no hubiera nacido. Soy bióloga, estoy en activo y sé de lo que hablo.

Al leer noticias sobre bebés medicamento me acuerdo de ella. Nació aún siendo mis padres perfectamente conscientes del riesgo que corrían teniendo a esa niña, debido a la edad de mi madre, ya mayor. Pero mis padres se querían mucho, y sabían que esa felicidad amorosa no podía terminar de otra manera.

Begoña supuso al principio un gran desconcierto para todos. Efectivamente nació con problemas sanguíneos, con problemas de integración cerebral, de coordinación nerviosa y de psicomotricidad, que supusieron no pocas dificultades y aparentes fastidios. Viajes cansados en busca de centros especializados y tratamientos, sacrificios de caprichos y de tiempo, de gastos a veces necesarios, de tener que suplir horas de descanso por rehabilitaciones pesadas y duras....

Ahora que de nuevo pienso en ella, recuerdo esta época de mi adolescencia como un aparente sin vivir de mis padres, de lucha y más lucha por sacarla adelante, pero nunca como unos años amargos, sino todo lo contrario. Años en los que descubrí la generosidad de mis padres, en los que los lazos familiares se fortalecieron, en los que nadie se quejaba por carencias materiales, sin envidias, ni celos, ni egoísmos, ni tonterías...; porque Begoña, con su sonrisa agradecida, nos conquistaba. Sus ojeras y carita melancólica reclamaban de todos cariño y necesidad, y nos forzaba a dar, a darle, a darnos. ¿Qué tendría esa niña enferma que a todos nos ayudaba?

Y quisiera hacer más extensiva esta pregunta, preguntarme y preguntaros: ¿qué puede aportarnos un niño enfermo? ¿Sirve para algo? ¿Compensa su enfermedad, o es preferible que no viva? Mi hermana, como cualquier niño que padece, nos dejó un tesoro de humanidad, una huella grande en el corazón, y una enseñanza de sensibilidad hacia los demás, en primer lugar hacia los propios hermanos.
Begoña nos dio todo lo que tuvo, cosas pequeñas que aparentemente no brillaban, y que no siempre nos gustaban, que nos molestaban.

Pero precisamente por el hecho de no ser fabricada, ni elegida de entre otros, mis padres la esperaron sin afán de posesión, y sin afán de derechos. La aceptaron como era, porque vieron en ella algo creado como fruto de un amor conyugal que se vive a tope, por dentro y por fuera, sin barreras, y que se concibe en un lecho de felicidad. Y así llegó por derecho. Begoña iluminó con su llegada nuestra casa.

... y la Providencia es la Providencia

Nadie se ha olvidado de ella. La recordamos, sobre todo, por la felicidad que nos proporcionaba el poder ayudarla y por lo que eso nos hizo crecer y madurar como hermanos. Nadie recuerda los malos ratos..., sino su entrañable ternura. Y digo olvidado porque la vida de Begoña se acabó el día que cumplía su mayoría de edad. Se fueron las dos, mi madre y ella. Y esto también me hace pensar en las cosas que tiene esta vida. ¿Quién les iba a decir a todos aquellos que auguraban la ancianidad de mi hermana como desgraciada y solitaria, con hermanos ya de vida hecha y padres muy mayores...?

Cuántos temores; cuánta palabrería perdida, porque el destino es el destino; las estrellas, las estrellas; y la Providencia, la Providencia; y nadie se escapa a ella. Sin embargo, cómo nos gustaría poder apoderarnos además del momento de la vida, también del momento de la muerte. Cómo nos gustaría conocerlo de antemano. Cuánto dinero gastamos en ello. Cartas y adivinos. Horóscopos y más cartas.
Mi hermana y mi madre murieron de la manera más inesperada. Nos dejaron las dos juntas en un accidente de tráfico.

Mi hermana cumplía ese día su mayoría de edad. Decían sus profesores que moría en el momento adecuado, después de haber conseguido su cerebro un máximo de madurez. ¿Estaría este momento previsto? Porque cuántos planes idos a pique. Pienso, asimismo, que hay hechos que se nos escapan, que juegan con las ciencias y las tecnologías más exactas. Ni el nacer ni el morir dependen sólo de la biología.
La vida humana se mantiene también con otras fuerzas además de las energéticas. Vivimos de esperanzas, de sueños de paz, y anhelamos una felicidad perenne que parece que nunca llega del todo. No juguemos con esas fuerzas -reales, aunque no sean físicas- que nos dirigen desde fuera.

Esperanza Eguía Padilla
en Alfa y Omega

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