jueves, 6 de marzo de 2014

Javier: un universitario del siglo XVI


   
   Era un hombre joven, lleno de vida, guapo, de familia noble, inteligente y con dinero. Lo tenía absolutamente todo o, al menos, eso parecía. Era de esos que muchas veces miramos con muchísima envidia, porque es el mejor futbolista o el actor más famoso, con una cartera repleta de dinero y una agenda llena de chicas dispuestas a morir por él. Aquel chaval era un triunfador. Estudiaba en la Universidad, como muchos de nosotros hacemos o hemos hecho.

Fue un día, en medio de su éxito y de su aparente bienestar, cuando al volver a casa se encontró a Ignacio, un sacerdote vasco que le conocía muy bien. Imagino que hablarían de mil cosas y, después de ver el estilo de vida que llevaba aquel muchacho, el bueno del padre Ignacio le dijo, citando el evangelio de hoy: «Javier, ¿de qué te sirve ganar el mundo entero si pierdes tu alma?».


Aquella consideración cambió el corazón de ese joven llamado Francisco de Javier. Entendió que «lo que se necesita para conseguir la felicidad no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado»[1]..

Piénsalo delante de Dios: ¿por qué a veces estás triste? ¿Te das cuenta de que te falta algo? Quizá las cosas, en realidad, no vayan tan bien como quisieras y eso te genera tristeza...
Fuera como fuere, pregúntate delante de Dios: «¿de qué te sirve ganar el mundo entero si pierdes tu alma?».

   Francisco de Javier se hizo sacerdote, y así es como entendió que el amor de Dios es lo que más llena el corazón del hombre. En aquellos tiempos –corría el siglo XVI– había gran entusiasmo por llevar el Evangelio a América, pero aquel joven decidió ir a predicar a tierras aún más lejanas: las Indias orientales.

Había hecho muy buenos amigos entre los primeros seguidores de san Ignacio de Loyola. Sabían muy bien lo que era la amistad verdadera. Se querían mucho y de verdad, como se quieren los buenos amigos, sin crítica, con sinceridad. Hablaban mucho –es lo que tiene ser amigo y ser joven– y se llenaban de entusiasmo: hablaban de China y Japón, de donde venían exploradores trayendo tesoros exóticos. Hablaban también de lo grande que era el mundo y lo pequeño que era su amor. Tenían ilusión. ¡¡¡Ahora sí que los horizontes de su mundo interior eran grandes, pacíficos, maravillosos!!! ¡Cuántas esperanzas del joven Francisco!

Y, porque el mundo se le quedaba pequeño, se hizo a la mar para ir a tierras lejanas a predicar el Evangelio. No entendía cómo había gente capaz de vivir sin conocer a Jesucristo. Ser amigo de Jesús le parecía una alegría tan grande que tenía que compartirla con todo el mundo.

Al emigrar a lugares tan lejanos, supo desde el primer momento que difícilmente volvería a ver a sus amigos... pero él quería llevarlos consigo. Dicen que metió en una cajita sus nombres y así estuvieron siempre muy cerca de él.

Pregúntaselo a san Francisco Javier: ¿qué fuego ardía en tu alma tan importante como para sacrificar tu propia vida, tus amistades, tus amores? ¿Tan importante era para ti Jesucristo? ¿Qué veías en Él? Y sobre todo, si tú fuiste capaz de querer a Dios de ese modo, ¿qué me falta a mí?

   En la India bautizaba hasta tres mil personas en un día, y su sueño era llegar a China. No pudo cumplirlo, pero murió cerca, viendo ya la costa de aquel gran país.

Seguro que Francisco de Javier tuvo que soportar muchísimas dificultades: hambre, pobreza, naufragios, desnudez, traiciones, enfermedades tropicales, ataques, heridas, mordeduras de animales, mosquitos horribles... Sin embargo, de todo se reponía, y todo lo ofrecía para mayor gloria de Dios.

Quizá a nosotros no se nos piden (ni se nos pedirán) tales heroicidades. Quizá. En todo caso, basta con que repases delante de Dios cómo llevas tu cruz de cada día. El evangelista Lucas es claro: cada día. Otros no lo dicen, Lucas, sí. Porque quiere subrayar que el amor a Dios, como cualquier amor, no es fruto de un entusiasmo momentáneo: se renueva cada día.

San Francisco Javier supo decir: ¡basta de comodidad!, ¡más amor a mi vida! Y luego supo renovarlo una y mil veces, hasta dar su vida por Cristo.

¿Y nosotros?, ¿y tú? Son necesarias las dos cosas: ¡quiero tomar tu cruz, Jesús mío! Proponérselo... y hacerlo cada día.

Es buen momento para repasar la lista de mortificaciones que hiciste ayer, porque eso es ahora tu cruz de cada día. Y reconoce delante del Señor que, tal vez, ha pasado solo un día de Cuaresma... y tu lucha ya ha disminuido. Si es así, renuévala delante de Él en tu oración, y con Él vuelve a empezar.

EVANGELIO

San Lucas 9, 22-25

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: —«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Y, dirigiéndose a todos, dijo: —«El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?».
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[1] Surco, 795.

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