lunes, 10 de junio de 2013

Cuando el César quiere lo que corresponde a Dios

Marco Aurelio
   San Justino nació en Flavia Neápolis, actual Nablus, en Samaria (Tierra Santa), a comienzos del siglo II. Era de familia pagana, y se convirtió a la fe cristiana movido, sobre todo, por su amor a la verdad. Escribió diversas obras defendiendo el cristianismo de los ataques de los paganos. Abrió en Roma una escuela donde sostenía discusiones públicas. Era un creyente conocido y respetado por su gran sabiduría.

   Hacia el año 165, durante el gobierno de Marco Aurelio, una orden manda que todos sacrifiquen a los dioses en obediencia al emperador. San Justino y muchos otros se niegan, de modo que son hecho presos. «Al César solo lo que es del César»... y la fe para Dios.

   El prefecto Rústico pidió a Justino una explicación de su fe. El santo contestó: «Me he esforzado por conocer todas las doctrinas, y sigo las verdaderas doctrinas de los cristianos aunque desagrade a aquellos que son presa de sus errores». Y era verdad: en su afán de verdad, Justino había pasado por todas las escuelas filosóficas de la época. Ninguna le había convencido, solo el cristianismo.


Los romanos continuaron su interrogatorio. Justino argumentaba con mucha ciencia. Rústico, el prefecto, después de conocer que era cristiano, le amenazó en términos muy violentos: «Escucha, tú que te las das de saber y conocer las verdaderas doctrinas; si después de azotado mando que te corten la cabeza, ¿crees que subirás al cielo? (...) ¿te imaginas que cuando subas al cielo recibirás una recompensa?». Y Justino, en su respuesta, no se cortó un pelo: «No me lo imagino, sino que lo sé y estoy cierto»(1)

Nosotros también estamos seguros de que Dios premiará nuestra fidelidad: que no decaiga nuestra fe por apatía, por pereza, por dejarnos llevar por el ambiente. Los cristianos de los primeros siglos no lo hicieron: el ambiente no pudo con ellos.

(1) Todo el martirio de S. Justino en PG 6, 1366-1371.

Fulgencio Espá, Con El, 4 de junio

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