jueves, 8 de mayo de 2014

Tarsicio de Roma

   
San Tarsicio de Roma
Una maliciosa intención movió el ánimo del entonces emperador de Roma: satisfacer las deudas del imperio confiscando los bienes de los cristianos. Era el año 257 y Valerio contaba con apoyo suficiente para iniciar la persecución. 

   Un año más tarde, el Senado refrendó y amplió el edicto a través de medidas crudelísimas: «Los obispos, presbíteros y diáconos deben ser inmediatamente ejecutados; los senadores, nobles y caballeros, perdida su dignidad, deben ser privados de sus bienes y, si aun así continúan siendo cristianos, sufran la pena capital. 

   Las matronas, despojadas de sus bienes, sean desterradas. Los cesarianos [libertos del César] que antes o ahora hayan profesado la fe, confiscados sus bienes y, con el registro [marca de metal] al cuello, sean enviados a servir a los dominios estatales»[1].


Uno de los que perdieron la vida en la persecución fue el acólito Tarsicio. El muchacho llevaba consigo la Sagrada Comunión cuando fue detenido por la guardia. Le preguntaron qué llevaba y él se negó a entregar la sagrada Hostia a los perseguidores, teniendo muy presente lo que dijo Jesús de «no arrojar las perlas a los cerdos». 

Le apedrearon y apalearon hasta que expiró, si bien nunca encontraron resto alguno de la Sagrada Eucaristía entre sus ropajes. Los cristianos recogieron su cuerpo y le dieron sepultura, siendo más tarde el Papa san Dámaso quien pondría el epígrafe en su tumba, dando fe de la causa de su muerte.

Jesús –nos lo ha dicho en el evangelio– es el «pan de vida», el alimento que hemos de custodiar con el mayor empeño posible. Fíjate en lo que dice a continuación: «el que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed». ¿Qué podemos hacer para comulgar mejor el alimento de la vida eterna?

Desde el inicio, los primeros cristianos fueron conscientes de la importancia de comulgar a menudo y de hacerlo debidamente preparados. Pronto surgió la costumbre de reservar el Pan Eucarístico que no se consumía en las celebraciones, para repartirlo después a los enfermos. 

San Tarsicio, de hecho, fue sorprendido portando la comunión a creyentes aquejados e imposibilitados que esperaban en sus casas la visita del Señor. El mismo Cristo se acerca así a quienes no pueden participar en la Santa Misa, alimentando su fe, esperanza y caridad.

San Pablo ya advirtió severamente a la comunidad de Corinto de la necesidad de comulgar bien: «quien come la carne del Señor, quien bebe su sangre, estando en pecado grave, come o bebe su propia condenación» (1 Co 11, 29). La sentencia es tan exigente como clara: hay que tratar de acercarse a la comunión con la mejor de las disposiciones internas, y, en caso de recibirlo en pecado mortal, el Alimento de Vida se convierte en sacrilegio.

Concretemos dos propósitos muy pequeños. Primero, el de acudir con frecuencia a la confesión, aunque no hayamos cometido un pecado grave. Es un modo de fomentar dentro de nosotros los deseos de purificación, que tendrán luego otras manifestaciones, como el rezo de actos de contrición o como el saber pedir perdón al prójimo cuando nos equivocamos. Y no pienses que lo uno no tiene nada que ver con lo otro. Aprendemos a perdonar cuando pedimos perdón a Dios, «ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti»[2].

Y segundo, incrementar en número e intensidad nuestros cotidianos actos de fe, de amor y de humildad. Multiplícalos, dilos con la memoria y con el corazón. Verás cómo, poco a poco, Dios te va agrandando el corazón, para acercarte cada vez más dignamente al Pan de Vida.

Nuestro organismo asimila aquello que tomamos. Así, un alimento se transforma en parte de nuestro propio cuerpo, de modo que ese producto animal o vegetal pasa a ser, de algún modo, nosotros mismos, alimentando nuestros músculos y nuestra corporalidad entera.

Sin embargo, cuando recibimos a Cristo en la Eucaristía, ocurre justamente lo contrario: en vez de formar Él parte de nosotros, somos nosotros los que pasamos a formar parte de Él. Es un misterio grandísimo. Es como si un río llegara al mar y, en vez de volverse saladas sus aguas, ocurriera que el mar se transforma en agua dulce. Eso es lo que sucede en la Eucaristía: viene Cristo, agua dulce de nuestra salvación, y toda nuestra alma, que era salina, se vuelve potable, virtuosa, adulta, llena de fe.

Dicho de otra manera, al recibir a Cristo–Eucaristía, nos transformamos en Cristo. Los antiguos inventaron una palabra para designar esto: nos eucaristizamos. Cada vez que nos acercamos a comulgar –como decía san Agustín– es «como si oyera tu voz que me decía desde arriba: “Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí”»[3].

Fulgencio Espá, Con Él, Pascua



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