sábado, 9 de noviembre de 2013

La muerte de la abuela

   
   No es una historia en absoluto extraña. «Recuerdo perfectamente el día en que sucedió. Era trece de agosto y yo tenía trece años. En el ecuador de las vacaciones, la abuela se puso enferma. Volvimos corriendo a la capital. Dos días después, fiesta de la Virgen de la Asunción, ya había muerto». Es imposible de olvidar el día en que el corazón del amado deja de latir, especialmente cuando está sujeto a la impresión de la primera vez.

«A partir de ese día decidí tomarme la vida más en serio. No sé, ¿qué quieres que te diga? Sabía que estaba muerta, pero yo la quería. Tenía la viva impresión de que ella ahora no estaba sujeta al cuerpo que tanto le pesaba por la edad y la enfermedad. No. Ahora estaba, digamos, en todas partes, y, cuando me veía solo en mi cuarto, pensaba que me veía. No amargamente, sino con alegría. Ahí estaba».


La presencia de las personas difuntas en nuestra vida es, aunque escondida, real. De algún modo sabemos que están muy cerca de nosotros.

Según la doctrina católica, los muertos perviven en sus almas, que después de la muerte son juzgadas para disfrutar de la visión de Dios en el cielo o para padecer la eterna soledad de la condenación. Sus cuerpos, en cambio, están muertos, a diferencia del de Nuestro Señor Jesucristo y de la Virgen María, que alcanzaron ya la gloria del cielo, anunciando la vida corporal que un día tendrán todos los que alcancen la bienaventuranza.

Vivir hoy conforme a la voluntad de Dios es un buen modo de agradarle, amar a la Virgen y honrar a nuestros antepasados.

Fulgencio Espá, Con El, Palabra

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