viernes, 22 de noviembre de 2013

Ludwig FEUERBACH

 
 Feuerbach (1804-1872), iniciador de la izquierda hegeliana y eslabón entre Hegel y Marx, interpreta el cristianismo como una ilusión psicológica: «Dios no es más que un mito en el que se expresan las aspiraciones de la conciencia humana: el que no tiene deseos, no tiene dios.» 

   Para Feuerbach, el hombre que desea con todas sus fuerzas la justicia, la sabiduría o el amor personifica estas cualidades en un sujeto fantástico, puro producto de su imaginación, y le da el nombre de Dios. Así, el hombre da lugar a su propia alienación y frustración. «El hombre pobre tiene un Dios rico», pero se empobrece enriqueciendo a su Dios, y se vacía llenándolo. 

   Marx dirá que la religión es el opio del pueblo, pero antes había dicho Feuerbach que la religión es un vampiro de la humanidad, que se alimenta de su sangre. Dios es, para Feuerbach, la reunión de los atributos que constituyen la grandeza del hombre. Y, al ser el Dios cristiano el más perfecto, el hombre nunca se alienó tanto como en la religión cristiana. 


Por ello, la culminación de la historia será el momento en el que el hombre tenga conciencia de ser el único dios: ¡Homo, homini Deus! El ateísmo de Feuerbach, recogido en su esencia del cristianismo, se extenderá rápidamente por Europa, adoptado por Bakunin, Engels, Marx, Schopenhauer y Nietzsche. «Después de Feuerbach, la crítica de la religión está sustancialmente hecha», dirá Marx.

Conviene tener presente que en la historia de la argumentación atea, la negación de Dios por supuesta contradicción con la presencia abrumadora del mal aparece en un segundo momento. El primer argumento ateo, en cambio, denuncia que Dios es una personificación sublimada de todas las cualidades que al ser humano le gustaría poseer: poder, felicidad, sabiduría, eternidad... Ésta viene a ser, con diferencias de matiz, la postura de algunos sofistas griegos. Y éste va a ser el primer y principal argumento que se esgrima en la modernidad contra el Dios cristiano, tal y como lo formula en el siglo XIX Ludwig Feuerbach, el gran precursor del ateísmo marxista. Pero, para llegar hasta esa crítica, conviene recordar brevemente el camino seguido.

El cristianismo liberó al mundo de la esclavitud antigua, y al mismo tiempo liberó al hombre de la esclavitud interior que le hacía verse bajo el peso insufrible del Destino. Las incontables fuerzas oscuras -astros, dioses, genios o demonios- que atrapaban la vida personal en la red de sus voluntades caprichosas, contagiando al alma todos sus errores, caían por tierra. Y el dudoso principio sagrado que las sustentaba quedaba unificado, purificado y sublimado en un Dios liberador. Además, el nuevo mensaje no era patrimonio de una minoría ilustrada: la humanidad entera salía de su larga noche, iluminada y exultante, rescatada de la tiranía del Destino ciego.

El Dios de la Biblia, amigo de los hombres y revelado en Jesucristo, enseñaba a todos el auténtico Camino, la Verdad y la Vida. Esa euforia partió la historia en dos, antes y después de Cristo. Pero esa misma historia, al llegar a la modernidad, sintió la liberación cristiana como un yugo. El Dios que garantizaba la grandeza del hombre comenzó a ser visto como antagonista, como adversario de su dignidad. Las causas de esta inversión son numerosas y complejas, pero el hecho es que el hombre empezó a pensar que no podría realizarse libremente si no rompía con el Dios cristia- no y con su Iglesia. Así se llegó hasta las formas más audaces y virulentas del ateísmo moderno.

Más que un asunto intelectual, el humanismo ateo plantea un problema humano, y su solución quiere ser positiva: el hombre se siente injustamente sometido a Dios, y le derriba para reconquistar una pretendida libertad absoluta. Los principales protagonistas de esta revolución,son tres filósofos del siglo XIX: el francés Auguste Comte y los alemanes Ludwig Feuerbach y Friedrich Nietzsche. Se ha dicho que Comte en París y Feuerbach en Berlín proponen a Europa la adoración de un nuevo Dios: el género humano.

José Ramón Ayllon, Dios y los náufragos, Ed Belacqua

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