Si
tuviera que resumir el secreto de los grandes libros en una línea,
hablaría de su capacidad de plasmar por escrito el amor a la verdad y a
la belleza
Era
un crucero de lujo. De los primeros que subían por el Canal de la
Mancha hacia los hielos del Norte. Una tarde de tormenta, las olas
vapulearon el casco durante horas y abrieron una peligrosa vía de agua. A
media noche, cuando el capitán tuvo claro que el barco se hundía sin
remedio, buscó su megáfono.
Pretendía bajar, piso por piso, organizando
la evacuación. Pero el megáfono no estaba en el puente de mando, donde
solía. Irritado, el capitán empezó a recorrer los pisos dando voces, muy
extrañado de no encontrar a nadie en pasillos y camarotes. Cuando llegó
al piso más bajo, ocupado en su totalidad por el restaurante y el salón
de baile, entendió lo que sucedía: allí estaban los pasajeros, de punta
en blanco, vestidos para empezar una cena de gala. Todos pendientes del
cocinero francés, que les explicaba el menú con gran ceremonia,
megáfono en mano.
Hoy,
en nuestras sociedades avanzadas se han multiplicado, formando
enjambre, los cocineros con megáfono. Personajes y personajillos que
acaparan la información y la audiencia, asociados a teclados y pantallas
de todos los tamaños, que hacen más verdadero que nunca el mito de la
caverna. Usted puede pensar que estoy exagerando, pero ya se habla no de
un cambio cultural, sino de una mutación: del Homo sapiens, producto de una cultura escrita milenaria, se está pasando al Homo videns,
infraeducado por la imagen. Antes ignorábamos las consecuencias de
dicha transformación. Ahora ya sabemos que, si la lectura despierta y
aviva la inteligencia, las imágenes la mecen y adormecen. Pero también
conocemos el remedio: las neuronas de nuestros jóvenes recuperarían la
buena forma con menos Internet y más lectura, con menos facebook y más the face on the book.