domingo, 10 de agosto de 2014

Cuento de terror

   El despertador electrónico me susurró al oído con su voz metálica:
―Son las siete de la mañana. La temperatura exterior es de 9 grados. No lloverá en todo el día. Levántate, amigo, Europa te necesita.
Me puse en pie de un salto mientras MG2-V, el robot doméstico que compré en IKEA, me acercaba la bandeja con el desayuno. Con el mando a distancia R6-Morgan, 1.1, llamé a mi coche, un Ford Bala de última generación, para que saliera del garaje y se situara junto a la puerta de casa.

          Ya en la carretera, la computadora del automóvil me informó de que un radar nos había denunciado por circular a mayor velocidad de la permitida.
―La culpa es tuya ―le respondí―. Tú eres el conductor. Te quitarán el carnet. Si es que lo tienes.
Aún se reía a carcajadas electrónicas, cuando nos detuvo un CG656 ―el típico robot policía de carreteras nacionales― para comunicarnos que ya había descontado el importe de la multa de mi cuenta bancaria.
De nada sirvieron mis quejas ni la extraña circunstancia de que un robot, denunciado por otro robot, fuese sancionado por un tercer robot.
Al llegar a la empresa, el jefe de sección, un viejo robot con software desclasificado, me comunicó que ese mes cobraría un seis por ciento menos por mi falta de interés en el trabajo y que perdería el nivel 6 al que accedí el verano anterior.
Acudí a su despacho y lloré. Le dije que estaba estresado, que no soportaba la idea de vivir entre máquinas, sin el menor contacto con seres humanos. Supliqué, imploré que no me degradaran, que me diera una nueva oportunidad.
Mi jefe me analizó de arriba abajo con sus ojillos rojos típicos del escáner óptico Toshiba 6.2, y me autorizó a tomarme una semana libre:
―Ve al campo. Descansa. Contempla los pájaros. Cuando regreses, seguiremos hablando. Esta empresa es una gran familia ―concluyó mientras se desactivaba y se introducía en un cajón del escritorio―.
Volví a coger el coche y, a pesar de las protestas de mi ordenador, lo conduje yo solo, como en los viejos tiempos.
En la cabaña, junto al río, respiré al fin algo limpio y natural. Me eché sobre la hierba y encendí un pitillo virtual ecológico. En el cielo revoloteaban centenares de aves de colores. Yo sabía que se trataba de un holograma en 3D creado por mi empresa, pero traté de ignorarlo.
Un insecto de la factoría Red Bull se posó en la margarita que había a mi lado. “Esto es el colmo”, me dije. Traté de arrancar la flor, pero estaba sujeta al suelo con un cable de acero.
Saqué el revólver del bolsillo y me apunté a la sien derecha. El disparo me destrozó el cráneo.
Saltó un muelle de mi poderosa cabeza de titanio. El jefe se puso furioso al enterarse. Tuvieron que cambiarme varias piezas y reiniciar el sistema.
Ya me encuentro mucho mejor.
pensarporlibre.blogspot.com

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