domingo, 10 de abril de 2011

MONTE DEL GOZO

   Llegaban de toda Europa, tras soportar no pocos sacrificios y penalidades, con la mirada puesta en la tumba del Apóstol y una fe que no admitía límites: tan grande como las catedrales que edificaban por aquellos siglos.

   Tras haber lavado sus cuerpos en el río, dejando en las agua el polvo de muchos caminos, el último esfuerzo consistía en superar el Monte del Gozo, y  ya avistaban las torres y el caserío de Santiago. Entonces entonaban el universal "¡aleluya!" y cantaban y gritaban en las más diversas lenguas. Lo anterior ya estaba olvidado ante la vista de la ansiada meta.

   Algo parecido y no de menor emoción debió sentir el israelita que, viniendo de lejos, veía por fin la ciudad de Jerusalén  y el Templo: ¡la casa del Señor! El peregrino se emocionaba y cantaba: "¡qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor...!" (salmo 121).

   El cristiano contempla la vida eterna, el Cielo, desde la atalaya de su existir cotidiano, y bien puede exclamar con gozo: ¡qué alegría saber que al final del camino se encuentra la casa paterna, la morada del Señor!

J. EUGUI

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