
Ellos sonreían…, se les notaba contentos
Después de un safari arquitectónico, pasé por la Catedral y me pensé quedar un rato allí, a ver si conseguía rezar algo, sentado al fondo de la nave.
Había una misa en gallego (...).
Por
suerte, me despistó otra cosa: a los dos minutos se puso dos bancos
delante una familia —madre con blusa de grandes y muy alegres rayas
verdes y azules, padre con vaqueros y barba, hijo preadolescente muy
delgado por el inicio del estirón y hermano mayor —ya con más que bozo—
desmadejado y sujeto con cinturones en una silla de ruedas.
La
madre le tenía cogida la mano, mientras él hacía angustiosos intentos
de estirarse dentro de la silla, torcido en diagonal y la cabeza
inclinada en el babero. A veces se soltaba la mano —y parece que eso era
peligroso para él— y la madre volvía a cogerla, le daba un beso en ella
y volvía a juntarla con la suya.















