Estaba decidida a cambiarlo todo: a sus padres, que eran unos fósiles intransigentes; a sus profes, que nunca la entendieron; a la sociedad en general. Y se vistió de negro. Se clavó diez o doce argollas en la cara y se puso unas botas de sargento que retumbaban sobre el pavimento.
La volví a ver hace dos días. Tiene una tienda de ropa en Serrano y ha engordado.
Esta entrada de Enrique Monasterio nos invita a fijarnos en los jóvenes. Hay que quererles, tener paciencia, escucharles, aconsejarles, rezar por ellos....Ayudarles a reconducir ese afán de cambiar que buye en ellos hacia ideales humanos y cristianos que valgan la pena.
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