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martes, 21 de abril de 2020

No estamos solos

Me decidí a pasar mi primera noche, en la habitación de mi difunta abuela, pero puedo asegurar que no me dormí ni un segundo, estando acostada la cama comenzó a moverse, como si alguien estuviese tumbándose a mi lado, me quedé helada y pude ver la silueta de alguien, di por hecho que era mi abuela, noté entonces como me acariciaban la frente de una forma que solo ella sabia hacerlo; estaba muy asustada y el miedo me dejo inmóvil, petrificada, un sudor frío corría por mi cuerpo.

Lo que voy a contar ahora es algo que no sabe nadie que me conoce porque tengo miedo a que los escépticos se reían de algo que para mí es muy serio.
Todo empezó hace, por estas fechas, un año, yo estaba de vacaciones de fin de semana en Cantabria y tuve que regresar porque mi abuela, la cual vivía conmigo, cayó enferma y murió. 

sábado, 9 de noviembre de 2013

La muerte de la abuela

   
   No es una historia en absoluto extraña. «Recuerdo perfectamente el día en que sucedió. Era trece de agosto y yo tenía trece años. En el ecuador de las vacaciones, la abuela se puso enferma. Volvimos corriendo a la capital. Dos días después, fiesta de la Virgen de la Asunción, ya había muerto». Es imposible de olvidar el día en que el corazón del amado deja de latir, especialmente cuando está sujeto a la impresión de la primera vez.

«A partir de ese día decidí tomarme la vida más en serio. No sé, ¿qué quieres que te diga? Sabía que estaba muerta, pero yo la quería. Tenía la viva impresión de que ella ahora no estaba sujeta al cuerpo que tanto le pesaba por la edad y la enfermedad. No. Ahora estaba, digamos, en todas partes, y, cuando me veía solo en mi cuarto, pensaba que me veía. No amargamente, sino con alegría. Ahí estaba».