Javier Iriondo fue un deportista de élite que marchó a América para jugar a la pelota. Marchaba lleno de entusiasmo, con el sueño de triunfar más allá del océano. Las cosas no pudieron torcerse más: le sorprendió una huelga que lo dejó sin trabajo.
No supo reaccionar; sin contactos ni amistades de ningún tipo, carente de todo estudio que le permitiera salir adelante, cayó en el más absoluto abandono que le llevó al alcoholismo.
No fue este su único fracaso. Perdió todo su dinero y finalmente se separó de su mujer. «A los 40 años sentí que ya había llegado y dejé de formarme, de tener metas, y empezó la caída. Sin motivo aparente sentía frustración y tensión, estaba mal conmigo mismo»[1].
Fue poco después cuando comprendió que todos nos hacemos una foto del futuro que nos puede hacer sufrir. «A estas alturas de la vida», contestaba en una entrevista a un periódico de tirada nacional, «debería tener una familia feliz, hijos modélicos y estabilidad emocional y financiera».
Dedujo que pensando así jamás saldría de su penosa situación. Comenzó a luchar con las dificultades reales de su vida, y poco a poco salió del hoyo. «La plenitud personal –concluye– es estar en el camino, seguir mejorando, somos aprendices de por vida; y para estar alegre no hay nada mejor que ayudar a otros».