Vladimiro I de Kiev alcanzó, en el 983, una ampliación imponente de su territorio, merced a la conquista y toma de control de la zona situada entre las actuales Polonia y Lituania. Dos años antes había conseguido conquistar numerosas ciudades de lo que hoy es la Galicia ucraniana. Una vez asegurado su reino, pudo construir numerosas fortalezas y colonias que acrecentaron su poder.
El rey conocía que el cristianismo ganaba nuevos fieles en las tierras del centro y este de Europa. A pesar de ello, ningún consejo consiguió hacerle cambiar de opinión y continuó anclado por un tiempo en la comodidad de su acervado paganismo. De hecho, erigió numerosas estatuas y templos paganos.
Ocurrió entonces lo que cuenta una antigua leyenda. Vladimiro de Kiev andaba en busca de la verdadera religión para su pueblo y le presentaron uno tras otro representantes del Islam provenientes de Bulgaria, representantes del judaísmo, y enviados del Papa procedentes de Alemania. Cada uno le proponía su propia fe como la más justa y mejor de todas. El Príncipe quedó insatisfecho con todas aquellas propuestas.
