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viernes, 9 de diciembre de 2016

La travesía de Gelsomina VI

Un día el Ángel me dijo:
—Anímate, Gelsomina; ya hemos superado la mitad del trayecto.
—Para ti es fácil decirlo —le contesté—. Los ángeles vais de punta a punta del universo en menos que  parpadea una estrella, pero yo estoy hecha de otra pasta y me canso. ¿Sabes lo que pesa esta coleta plateada que me habéis injertado en la popa?
—Yo no lo sé, y tú tampoco. En realidad te quejas para que te haga caso. En cuanto veas a los Magos y ellos te reconozcan, te olvidarás de tus cansancios y volarás ligera como una mariposa presumida.

jueves, 8 de diciembre de 2016

La travesía de Gelsomina V

En mi larga marcha hacia Belén no ocurrieron muchas cosas más. La más importante os la he contado ya y aún no me he recuperado de la emoción: ver jugar a María en lo más alto del Cielo miles de siglos antes de que el sueño del Todopoderoso se hiciera carne y sangre en la tierra, es una experiencia inolvidable.
Con el recuerdo grabado en mi corazón de estrella, volé por el espacio en silencio durante muchos siglos con la sola compañía del Ángel.

martes, 6 de diciembre de 2016

La travesía de Gelsomina IV

Primero fue sólo una melodía que parecía venir de alguna estrella muy lejana. Poco a poco el universo se cubrió con un manto de silencio y de quietud. Todos queríamos escuchar atentamente aquella música y dejarnos seducir por la magia de cada acorde. Los ángeles también callaron. Sólo yo continuaba mi travesía hacia Belén volando de puntillas para no despertar a las demás criaturas celestiales. 

sábado, 3 de diciembre de 2016

La travesía de Gelsomina III

El espectáculo que me ofrecía el universo era fantástico. Y más en aquellos tiempos, cuando el cosmos estaba en obras y las estrellas aún buscaban su acomodo en el lugar para el que estaban destinadas por el Creador.
¿Pensabais que Dios lo creó todo de golpe y lo dejó bien ordenado desde el primer momento? Pues no. Las galaxias eran un hervidero de estrellas de todos los tamaños y colores que iban y venían en un caos aparente. Por eso a nadie le extrañó verme cruzar de punta a cabo la vida láctea con mi estela de plata, escoltada por el Arcángel.

jueves, 1 de diciembre de 2016

La travesía de Gelsomina (II)

Me gustaría continuar esta crónica escribiendo como Cervantes "la del alba sería cuando Gelsomina cruzó la Galaxia camino de Belén…", pero, como comprenderéis, aquí, en el Firmamento, no hay albas ni ocasos, ni tampoco cronómetros para medir el paso del tiempo. Yo solo sé que me puse en camino guiada por la estela de un Arcángel muchos siglos antes de que Yahvé formara a Adán del barro de la tierra.

lunes, 28 de noviembre de 2016

La travesía de Gelsomina (I)


Querida Gelsomina :
Hace veinte años te llamé “Oriente” en un cuento que escribí sobre el Nacimiento de Jesús. Permíteme que hoy te cambie el nombre.
¿Por qué Gelsomina? Porque tu imagen me trae el recuerdo de una chiquilla de ojos saltarines, mirada traviesa y cara de alcachofa que aparecía en “La Strada”, una película inolvidable de la postguerra italiana.
Gelsomina era una especie de esclava comprada por diez mil liras. Su dueño, un animal llamado Zampanó iba por los pueblos de Italia a bordo un carromato motorizado exhibiendo su fuerza presuntamente hercúlea, mientras Gelsomina repicaba el tambor. A ella le habría gustado que su amo, de quien se iba enamorando poco a poco, la mirase con cariño; pero aquella bestia elemental la ignoraba por completo cuando no la maltrataba.
Lloraba Gelsomina porque pensaba que su vida no tenía razón de ser, que solo era un trasto inútil, hasta que una noche un payaso loco le convenció de lo contrario.
─Nada ni nadie es inútil en el universo ─le dijo─. Todo lo que Dios ha creado tiene un motivo y un fin. Yo no sé para qué sirve esta piedrecita que tengo en la mano. Si lo supiera sería el Padre Eterno; pero si está piedrecita fuese inútil hasta las estrellas dejarían de tener sentido. 
¿Comprendes ahora por qué te llamo Gelsomina? Tú también estuviste así, aburrida en una esquina de la galaxia y llegaste a pensar que eras una estrella inservible, una especie de error del Todopoderoso. Pero, cuando te dejaste llevar por el Ángel, te convertiste en un personaje imprescindible. Fuiste la primera señal de tráfico que instaló Yahvé para orientar a los Magos. Hiciste la travesía del desierto con escolta de reyes y manto de plata. En Jerusalén pusiste en jaque a la jet con su monarca a la cabeza. Y, sobre todo, te posaste sobre la gruta donde nació Jesús, y viste al Niño que tantos reyes, profetas y patriarcas habían soñado ver, y no vieron. Fuiste la lámpara en la mesilla de noche de María y el farol del portal que alumbró a los Pastores. Para colmo, tu larga cola de luz bailó en el cielo el primer villancico que compusieron los ángeles.
Querida Gelsomina, yo sé que Dios te ha encargado una nueva misión. Esta Navidad darás escolta a cientos de miles hombres, mujeres y niños, que llegarán desde Oriente porque te han visto en el Cielo. Llevan tu imagen en la retina y un cargamento de sueños imposibles en la mochila.
Me dicen que se cumplirán esos sueños sólo si te descubrimos también desde Europa. Sólo así se producirá de nuevo el milagro de Belén; pero me temo que no está el horno para bollos ni tenemos la pupila para estrellas.
Cuando te encuentres sobre la Península echa un vistazo hacia abajo y lo entenderás. Verás a millones de españoles que caminan por las calles con la cabeza inclinada hacia el suelo. ¿Problemas de cervicales? No, querida estrella: llevan en la mano un artilugio hipnótico con una pequeña pantalla de la que no pueden apartar la vista ni un segundo. ¿Se trata de una enfermedad? Probablemente, pero aún no ha sido clasificada por los galenos, quizá porque ellos mismos están también ocupados contemplando su propio ombligo electrónico.
Te preguntarás qué es lo que capta la atención de tantos. Si te respondo que los “pokemon” no entenderás nada. Tampoco yo, no te preocupes. Por lo visto, muchos juegan a atrapar seres virtuales que pululan por las calles pero sólo pueden verse en esos mágicos rectángulos.
El Doctor Kloster ya habla de una neurosis nueva, que es epidémica, virulenta y contagiosa. Los afectados piensan que no hay vida más allá de su pantalla, y han perdido por completo la capacidad de mirar al cielo. Es el mito platónico de la caverna en versión cibernética.
¿Remedios? A eso me dedico yo, querida Gelsomina. Mi trabajo consiste en levantar una a una las barbillas de los pantalleros para que vean la luna, el sol, las estrellas, las aves del cielo, los árboles del bosque, los rostros de las gentes. Y puedan mirarte también a ti, Gelsomina, y a ese Dios inmenso que vendrá dentro de nada en los brazos de María. 
Enrique Monasterio 
https://pensarporlibre.blogspot.com.es/