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miércoles, 25 de octubre de 2017

Profesor de la univ de Boloña: Yo no me dispenso

Contaba Juan Pablo I en una catequesis, durante su corto pontificado, lo que le sucedió a un hombre de prestigio, profesor de la Universidad de Bolonia. Una tarde le llamó el ministro de Educación y, después de hablar con él, le invitó a quedarse un día más en Roma. 

El profesor le contestó: "No puedo, tengo mañana clase en la Universidad, y los alumnos me esperan". El ministro le contestó: "Le dispenso yo". Y el profesor: "Usted puede dispensarme, pero yo no me dispenso" [1]. Era sin duda un hombre responsable, que no se limitaba a cumplir y a dar el menor número posible de clases. 

jueves, 6 de abril de 2017

“Duele crecer. ¡Qué duro es hacerse adulto!”

Escribe Jesús Portilla, padre de familia: Esto me decía hace unos días mi hija pequeña que, con 25 años, lucha independiente por su futuro y por sus sueños batallando con el día a día.

Trabajo, casa, facturas, pagos, decisiones, defensa de sus intereses, hacerse oír, rebelarse ante las injusticias, además de la multitud de acciones y decisiones que requieren los problemas, o simplemente la actividad diaria con los obstáculos que presenta, dificultando el camino recto y fácil que todos querríamos.
Pero todos hemos pasado por ello; y solo nos damos cuenta de lo que hacían nuestros padres cuando salimos de la comodidad del hogar y nos toca construir nuestra morada.
Sin embargo, esos momentos de desánimo y de inquietud de mi hija y sus vicisitudes —aunque también me duelen— para mí significan valentía, fuerza, lucha, constancia, determinación, propósito y un rebelarse ante lo que parece imposible, convirtiéndolo en posible.

viernes, 2 de septiembre de 2016

El día que una panadería arrasó Londres

La Calle del Pundin. Buen nombre para instalar una panadería. En Pudding Lane, cerca de la Torre de Londres, estaba la de Thomas Farrier. Le iba bien, hasta era proveedor del nuevo Rey, Carlos II, coronado en 1660 e hijo del absolutista Carlos I, a quien Cromwell había cortado la cabeza. Farrier llevaba su panadería con su hija Hanna, dos sirvientes y una doncella.
A la una de la madrugada del 1 de septiembre de 1666, los despertó una espesa humareda. El bajo de la vivienda, donde se encontraban los hornos, estaba en llamas. Lograron huir por el tejado, saltando a una casa vecina. La doncella, que se cree que dejó sin apagar uno de los hornos antes de retirarse a descansar, no se atrevió a seguirlos.
Ella fue la primera víctima de lo que en horas se convertiría en el incendio más pavoroso de la historia de Londres. La cuarta parte de la ciudad, que por entonces tenía 350.000 habitantes, quedó arrasada. Las llamas acabaron con 13.200 casas y 83 iglesias. El fuego se propagó por 400 calles. La catedral medieval San Pablo, que contemplaba la City desde 400 años atrás, quedó destruida. Milagrosamente, los registros oficiales solo recogen seis muertes.

jueves, 5 de marzo de 2015

El asesino de Steinhof

  

Permítaseme citar el caso del doctor J. Es el único hombre que he encontrado en toda mi vida a quien me atrevería a calificar de mefistofélico, un ser diabólico. Se le conocía como «el asesino de Steinhof», nombre del gran manicomio de Viena. Cuando los nazis iniciaron su programa de eutanasia, tuvo en su mano todos los resortes y fue fanático en la gran tarea que se le asignó: hizo todo lo posible para que ningún psicótico escapara de la cámara de gas.

   Acabada la guerra, cuando regresé a Viena, pregunté por él. Me dijeron que los rusos lo habían encerrado en una de las celdas de reclusión de Steinhof, hasta que un día la puerta apareció abierta y no se le volvió a ver. Supuse que, como a muchos otros, sus camaradas le habían ayudado a escapar, y estaría camino de Sudamérica. 

domingo, 10 de agosto de 2014

Cuento de terror

   El despertador electrónico me susurró al oído con su voz metálica:
―Son las siete de la mañana. La temperatura exterior es de 9 grados. No lloverá en todo el día. Levántate, amigo, Europa te necesita.
Me puse en pie de un salto mientras MG2-V, el robot doméstico que compré en IKEA, me acercaba la bandeja con el desayuno. Con el mando a distancia R6-Morgan, 1.1, llamé a mi coche, un Ford Bala de última generación, para que saliera del garaje y se situara junto a la puerta de casa.

jueves, 5 de junio de 2014

¿Me enfado yo también?

         
   Copio esta entrada de mi amigo Enrique Monasterio. Me parece estupenda su moraleja. Las muchas sombras que percibimos en la sociedad deben espolearnos a hacer el bien. Y a rechazar toda tentación al avinagramiento.

He rechazado algunos comentarios que me han dejado perplejo y no sólo por los habituales insultos anónimos que uno recibe con resignación. Me refiero ahora a esos que se enfadan conmigo porque, en su opinión, soy “demasiado alegre”. R5, por ejemplo, un amable lector con nombre de coche, suelta venablos contra mí porque escribí una tarde que estaba contento, incluso feliz, exultando a solas por una buena noticia que esperé durante años y que por fin llegó.

jueves, 11 de octubre de 2012

DEJAME DORMIR, MAMÁ

DEJAME DORMIR, MAMÁ

 Hijo mío, por favor,
 de tu blando lecho salta.
 Déjame dormir, mamá,
 que no hace ninguna falta..

 Hijo mío, por favor,
 levántate y desayuna.
 Déjame dormir, mamá,
 que no hace falta ninguna.

 Hijo mío, por favor,
 que traigo el café con leche.
 Mamá, deja que en las sábanas
 un rato más aproveche..

Hijo mío, por favor,
 que España entera se afana.
 ¡Que no! ¡Que no me levanto
 porque no me da la gana!

martes, 29 de noviembre de 2011

¡Oh, quién no hubiera reinado!

Felipe III
   Ojalá que esta historia nos anime a asumir nuestras responsabilidades sin hacer dejación de ellas. A cultivar los valores humanos para conseguir una personalidad recia y equilibrada y a cultivar la amistad personal con Jesucristo, esencia de la vida cristiana como recordó el Papa a los jóvenes en la pasada JMJ.  

   El 29 de marzo de 1621 un hombre e 43 años empapado de sudor, encendido por elevada fiebre, manos temblorosas, mirada despavorida, se revuelve con desazón en el lecho. Entre gemidos, articula unas palabras en voz quebrada por el llanto, las repite una y otra vez: Oh, quién no hubiera reinado... quién no hubiera reinado.

   Tras una pausa flexiona el cuello, cierra las manos, las aproxima al rostro calenturiento, interrumpe la respiración entrecortada, la voz se aflauta por el espasmo de laringe provocado por la angustia y repite el mismo lamento en un tono más elevado: ¡Oh, quién no hubiera reinado... quién no hubiera reinado!

   Es el hombre más poderoso del mundo: Felipe III, dueño de los destinos de un gigantesco imperio, "en el que no se pone el sol".

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Culparás al otro

   Se desvían las responsabilidades hacia terceros, a menudo abstractos: los mercados, el sistema, la educación, los políticos en general, la crisis...

      Hace muchos años escribí un artículo sobre los personajes que, en las entrevistas periodísticas, suelen responder que no cambiarían nada de lo que han hecho en su vida, porque no se arrepienten de nada. La cosa ha ido tomando cuerpo y lo que entonces era solo una tendencia ha cristalizado ahora en un rasgo cultural: nadie tiene la culpa de nada, siempre se desvían las responsabilidades hacia terceros, a menudo abstractos: los mercados, el sistema, la educación, los políticos en general, la crisis...

      Entre las anécdotas que escuché a Toni Nadal el otro día, me impresionó especialmente una. Cierta vez, acudió a un torneo con dos tenistas. Para evitar suspicacias, acompañó al otro en un partido que se jugaba al mismo tiempo que el de Rafa. Sabía que su sobrino estaba perdiendo en la pista de al lado, pero no hizo nada hasta que alguien se le acercó para preguntarle si no tenían raquetas de repuesto. Claro que las tenían. «¿Por qué, entonces, tu sobrino está jugando con una rota?». Toni se fue para allá y le dijo a Rafa: «Pero con el tiempo que llevas en esto, ¿cómo no te has dado cuenta?». La respuesta: «Pensaba que era culpa mía, estoy tan acostumbrado a que siempre es culpa mía».

      El cerebro humano parece diseñado para olvidar y para encontrar explicaciones que justifiquen la propia conducta equivocada o permitan atribuírsela a causas y agentes externos. Por eso hay que educarlo en la responsabilidad, porque cuesta Dios y ayuda reconocer algo, arrepentirse, pedir perdón o perdonar, que son los auténticos motores del cambio, del progreso personal y social. Pero no se lleva.
Paco Sánchez
LaVozDeGalicia.es / Almudí

lunes, 6 de junio de 2011

CADA UNO ES HIJO DE SUS OBRAS

General Junot
   El general Junot, duque de Abrantes (1771-1813) intervino en las campañas de Napoleón en Italia y en Egipto. Recibió el mando de las tropas de Portugal (1807). A este bravo soldado Napoleón no sólo lo elevó jovencísimo al generalato, sino que le dio el título nobiliario arriba señalado. 

   Un día, cierto aristócrata del antiguo régimen le preguntó impertinentemente por sus antepasados, y Junot respondió con no menor altivez:

-¡Yo soy mi antepasado!



J. EUGUI

domingo, 17 de octubre de 2010

HISTORIA DEL PAYASO

          La historia trata de un incendio en un circo de Dinamarca. El director del circo envió a la aldea vecina para pedir auxilio a un payaso, que ya estaba disfrazado para comenzar su actuación. El payaso pidió a los aldeanos que fuesen al circo para ayudar a extinguir el fuego, pero éstos pensaron que se trataba de un truco para que asistieran a la función, así que aplaudieron y felicitaron al payaso por tan buena actuación.

          El payaso sentía más ganas de llorar que de reír... y no hubo manera de que los aldeanos le creyeran, hasta que por fin las llamas alcanzaron también la aldea.

          Ya se ve que le payaso no era la persona más adecuada para esa tarea. La anécdota tiene muchas posibles aplicaciones. Yo me quedo con la responsabilidad apostólica que tenemos todos los cristianos por el hecho de serlo. Nosotros si que somos las personas adecuadas, por ser cristianos para llevar la verdad y el amor de Cristo al corazón de todos los hombres. Recordad que el próximo domingo es el Domund y que, en la actualidad, el mundo entero es tierra de misión.



         

viernes, 19 de febrero de 2010

EL VIEJO VIOLIN


Un mendigo estaba en una calle sentado pidiendo limosna con un viejo violín que tocaba mientras los transeúntes pasaban a su lado. Confiaba que le echaran alguna moneda en la boina que tenia delante.

El pobre hombre interpretaba una melodía tras otra, pero no era fácil identificarlas debido a lo desafinado del instrumento, y a la forma displicente y aburrida con que tocaba el violín.

Un famoso concertista, que junto con su esposa y unos amigos salía de un teatro cercano, pasó frente al mendigo. Todos se molestaron al oír aquellos sonidos tan discordantes.

La esposa le pidió, al concertista, que tocara alguna pieza. El músico echó una mirada a las pocas monedas en el interior de la boina del mendigo, y decidió hacer algo.

Le solicitó el violín. Y el mendigo se lo prestó con desconfianza.

Lo primero que hizo el concertista fue afinar las cuerdas. Y entonces, vigorosamente y con gran maestría arrancó una bonita melodía al viejo instrumento. Los amigos comenzaron a aplaudir y los transeúntes comenzaron a arremolinarse para ver el improvisado espectáculo.

Al escuchar la música, la gente de la cercana calle principal acudió también y pronto había una pequeña multitud escuchando arrobada el extraño concierto. La boina se llenó no solamente de monedas, sino de muchos billetes, mientras el maestro sacaba una melodía tras otra, con maestría.

El mendigo estaba aún más feliz al ver lo que ocurría, y no cesaba de dar saltos de contento y repetir orgulloso a todos: "¡¡Este es mi violín!!, ¡¡Este es mi violín!!".

Moraleja: En la vida todos tenemos "un violín": Son nuestras conocimientos, nuestras actitudes ante la vida lo que hace que "este" suene mejor o peor. Y tenemos libertad absoluta de tocar "ese violín" como nos plazca.
La historia está llena de ejemplos de gente que aún con dificultades iniciales llegaron a ser buenos concertistas con sus vidas. Y también, por desgracia, se registran los casos de muchos otros, que teniendo grandes oportunidades, decidieron con su violín, ser mendigos.