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miércoles, 21 de noviembre de 2018

La Verdadera Cajita Feliz

Llamaban en la Hamburguesería al Pack especial con Super-Size BicMac-perro, patatas gigantes, cocacola triple y helado de vainilla y diferentes caramelos LA CAJITA FELIZ. Y el niño se había empeñado en “plimplarse” una cajita feliz. Así se las ingenió este buen padre para sacar partido de esta inevitable, cruel y común encerrona infantil…
Un niño estuvo toda la tarde tirando del chaleco de su papá y diciéndole: “Papa, quiero una cajita feliz”. En un momento de inspiración del Espíritu Santo, el papá tomó a su hijo, lo subió al auto y … ¿sabes dónde lo llevó? ¡A la parroquia! Entró en el Templo con el pequeño y se fue directo al Sagrario.

martes, 5 de septiembre de 2017

El Rey te espera

Había una vez un rey que tenía un gran castillo en medio de la ciudad de Runipelops. Al pie de las almenas del castillo estaba la escuela del reino a la que iban todos los niños del reino. Al acabar la escuela todos los niños iban al interior del castillo a disfrutar de sus instalaciones. 

El rey que estaba muy contento con todas las actividades de su reino tenía especial cariño por los niños y cada viernes esperaba tras la cortina de su habitación ver llegar a los niños. Antes por la mañana había preparado las mazmorras acolchándolas y ordenando todos los juegos para ellos, pintando carteles y demás artilugios para el disfrute general. Poco a poco y sin saber por qué el rey fue olvidado por los niños que no sabían de donde salían tantos juegos y diversiones. 

viernes, 6 de diciembre de 2013

Mirar el Tabernáculo con otros ojos

   Tenía por costumbre sentarse siempre en el tercer banco por la izquierda. Tampoco era una maniática: si su lugar habitual se encontraba ocupado, no tenía reparo alguno en sentarse un banco por delante u otro por detrás. No importaba en exceso. Se trataba, sin embargo, de una mujer de costumbres que puntualmente acudía a la Misa de doce del colegio.

   Una preocupación había ensombrecido su ánimo cuando hace seis años se mudó al nuevo barrio. Sabía –bastaba ver el plano del suburbio o preguntar a cualquiera– que no había iglesia en cinco kilómetros a la redonda. Una distancia grande para ella, que carecía de carnet de conducir. Había, no obstante, un buen metro que podría conducirla cubriendo las tres paradas que distaban entre su casa y la iglesia. No era suficiente; el invierno en la ciudad es frío y oscuro, incluso agresivo y podía resultar hasta peligroso. Oró a Dios que le diera una solución y Él, como siempre, se mostró generosísimo.