Era 25 de marzo, fiesta de la Encarnación, en que celebramos la maravilla del Dios que se hace hombre en las entrañas de María, justo nueve meses antes de la fiesta del nacimiento de Cristo.
El sacerdote rezó un Ave María y formuló una cuestión a los impacientes niños. ¿Qué es lo que más le costó a Dios hacer por nosotros? Los niños se agitaron en sus sitios y muchos levantaron la mano. Ser crucificado, dijo uno. La flagelación, exclamó otro. Eran buenas respuestas, pero ninguna de ellas era la que buscaba el sacerdote: aún hay algo que le costó más.
