Betty tiene 14 años. La conocimos con los trabajadores sociales en la calle. Es una niña con rostro, cuerpo y mente de niña. Ha vivido en las calles de Freetown desde los 9 años. Ha sobrevivido de la única manera que puede sobrevivir una niña en la calle: prostituyéndose. La han usado, abusado y descartado, pero es inteligente y muy activa, aunque lleva dentro una carga inmensa de ira y frustración.
En el refugio de Don Bosco Fambul para chicas es un dolor de cabeza para las trabajadoras sociales y para sus compañeras porque las peleas y las discusiones son frecuentes. De vez en cuando se escapa y viene a mi oficina cargada con su culpa camuflada con una sonrisa y me cuenta sus penas y luchas interiores. Entonces siento una profunda compasión por ella. Me duele que viva en continuo dolor. Después de su último ataque de ira en el refugio me escribió una pequeña carta: «Querido padre Jorge. Te quiero mucho. Quiero que seas mi padre. Que Dios te bendiga. Perdón por lo que hice la otra noche [había peleado y quería irse del refugio]. Por favor, perdóname. ¿Puedes perdonarme? ¿Sí o no?». Y firmaba con su mano completa.
