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lunes, 31 de diciembre de 2018

El motor de la codicia

Cavando, para montar un cerco que separara mi terreno del de mi vecino, me encontré enterrado en mi jardín, un viejo cofre lleno de monedas de oro.

 A mí no me interesó por la riqueza, me interesó por lo extraño del hallazgo, nunca he sido ambicioso y no me importan demasiado los bienes materiales, pero igual desenterré el cofre. 

 Saqué las monedas y las lustré. Estaban tan sucias las pobres… Mientras las apilaba sobre mi mesa prolijamente, las fui contando… Constituían en sí mismas una verdadera fortuna. Solo por pasar el tiempo, empecé a imaginar todas las cosas que se podrían comprar con ellas. 

viernes, 23 de marzo de 2018

La codicia

El tulipán llegó a los Países Bajos desde Turquía en el siglo XVI. El suelo arenoso holandés, ganado al mar, resultó ser muy bueno para su cultivo, que pronto se extendió por todo el país. Todos apreciaban la belleza de las flores de tulipán, les encantaba a los botánicos y a los pintores, y enseguida fue un símbolo de prestigio y de distinción.
Pronto los horticultores consiguieron que los tulipanes monocromos pasaran a ser multicolores, y entraron en una carrera de exotismo que fue elevando progresivamente su precio. Las variedades más raras eran bautizadas con nombres de personajes ilustres y en la década de 1620 los precios se dispararon.

martes, 29 de agosto de 2017

La juventud pide paso

La temporada regular del PGA Tour ha terminado con 26 triunfos de veinteañeros en 43 torneos. El presente es suyo. El mundo del deporte no es ajeno a los talentos prematuros. Con 14 años, Nadia Comanecci ya era campeona olímpica; con 16, Pelé y Maradona jugaban en en sus selecciones y, con 18, Kobe Bryant en la NBA. 

Sin embargo, lo que es más extraño es que se junte de golpe una generación de jóvenes de dinamite por completo una competición. Esta circunstancia se ha producido esta temporada en el PGA Tour, donde los veinteañeros han dado un golpe en la mesa y han provocado toda una revolución en el sistema establecido. 

lunes, 21 de octubre de 2013

Carpe diem

   
   Todo era demasiado rígido y frío cuando una brisa cálida llegó a la escuela. Había un nuevo maestro, el profesor Kitting. La película quizá ya la conozcas. Kitting es consciente de tener delante a un grupo grande de muchachos llenos de vida. Dieciséis años, todo futuro, grandes proyectos aplanados por la visión bidimensional de una escuela anquilosada. El club de los poetas muertos.

   El nuevo docente conduce a todos los alumnos fuera del aula. Estupor generalizado. ¿Dónde nos lleva? Jamás ha pasado nada semejante. En la zona noble del colegio, donde se reciben a las familias cuando hay visitas o se realizan las entrevistas de padres, fotos de antiguos alumnos (algunas muy antiguas, de hace más de 100 años) cuelgan de las paredes. Kitting enardece los corazones jóvenes que escuchan con atención su discurso. 

   Un tema: ellos fueron jóvenes como vosotros... y están muertos; están criando malvas. Sí: están bajo tierra y bajo tierra gritan, como en susurros, al oído de cada alumno, que vivan el momento, que aprovechen... ¡carpe diem! Porque tanta fuerza y tanta vida no pueden quedar sofocadas por la pereza, por el temor a luchar.

viernes, 17 de septiembre de 2010

MÁS AMBICIOSO TODAVÍA

Hablaba un día con un joven ( ... ). Trataba de convencerlo de la necesidad de que viviera cristianamente su vida, frecuentase los sacramentos, fuese alma de oración, y diese a todas sus acciones y a toda su vida una orientación sobrenatural.

-Jesús -le decía- tiene necesidad de almas que, con gran naturalidad y con gran entrega de sí mismas, vivan en el mundo una vida íntegramente cristiana. Pero en sus ojos se trasparentaba la resistencia de su alma; y sus palabras aducían justificaciones contra cuanto su voluntad se negaba a aceptar. Pocos minutos después resumió con sinceridad lo que, hasta entonces, quizá no se hubiera dicho ni aun a sí mismo:

-No puedo vivir como usted dice, porque soy muy ambicioso.

Y recuerdo lo que le respondí:

-Mira: tienes enfrente a un hombre más ambicioso que tú, a un hombre que quiere ser santo. Pues mi ambición es tanta, que no se contenta con ninguna cosa terrena: ambiciona a Jesucristo, que es Dios, y el Paraíso, que es su gloria y su felicidad, y la vida eterna.

S. Canals, Ascética meditada