martes, 12 de junio de 2018

Los secretos del triunfo de Nadal

El español ha conquistado su undécimo Roland Garros en un año complicado gracias a pequeñas mejoras en su tenis. 

Rafael Nadal forma parte del horizonte de París. Un monumento más porque cada junio es tan importante como la Torre Eiffel o los Campos Elíseos. Es el campeón de once títulos de Roland Garros, en catorce ediciones, desde que debutara, ya con éxito, en 2005 contra Mariano Puerta. 

Aquel desgarbado chaval de 18 años con melena, piratas y camisetas sin mangas es el hombre de 32 que levantó este domingo su undécima Copa de los Mosqueteros, con más experiencia, pero la misma ambición, y la misma humildad para saber que el hito, por mucho que se repita casi cada primavera, es fruto del esfuerzo, del trabajo y del querer ser cada día un poco mejor.

Más allá de la emoción de ver a Nadal con los ojos brillantes escuchando el himno, hay muchos números que apuntalan este undécimo Roland Garros como una realidad extraordinaria. Nadal iguala el récord de Margaret Court, que ganó también once títulos en un mismo torneo: el Abierto de Australia, entre 1969 y 1973. Nadie lo ha hecho más veces, pues once finales ha jugado Roger Federer en Wimbledon, pero con ocho títulos. En este largo trayecto hasta el domingo de gloria, han sido 132 juegos a favor por 64 en contra, con 18 horas y 6 minutos. Más trabajo que en 2017, pero igual de efectivo. Incluso se ha dejado un set en el camino, ante Diego Schwartzman y que cortó la racha de 37 consecutivos en París.
Nada de esto está apuntado en la brillante piel de la Copa de los Mosqueteros, en el abrazo del español para decirle que va a mimarlo como ha hecho con los diez anteriores. Tampoco las horas de descanso obligado que ha tenido que hacer este año por la lesión en el psoas-ilíaco, que le impidió siquiera pasear, bucear o hacer alguna actividad para despejar la mente y olvidar que el tenis continuaba sin él. Pero nada de eso importa hoy. Solo está lo esencial: su nombre.




En este Roland Garros, Nadal ha sorteado rivales incómodos, dudas propias y partidos aplazados. Estas son las claves de un hito extraordinario.

Salud

Siempre con las lesiones como compañeras de viaje, Nadal ha aprendido a escuchar a su cuerpo, a decidir en qué torneos parar y por cuánto tiempo. En este año, superó un problema en el psoas-ilíaco que lo obligó a abandonar en el Abierto de Australia. No se vio preparado para volver en Acapulco una par de semanas después, pero quiso coger algo de ritmo en la eliminatoria de Copa Davis en febrero. Desde entonces, ningún atisbo de recaída, olvidado el dolor para que los partidos en tierra se convirtieran en victorias, salvo los cuartos en el Mutua Madrid Open, y las finales en títulos: Montecarlo, Barcelona y Roma. A pesar de la acumulación de partidos, París también respetó el cuerpo de Nadal, sin más sorpresas ni malas noticias en un torneo en el que en 2016 tuvo que retirarse. El pesado fantasma que acompaña al balear desde el principio de su carrera no apareció esta vez.

Revés

Es el movimiento que más ha mejorado en los últimos tiempos. Pendientes los rivales del efecto y la velocidad que cogía la pelota cuando lanzaba su drive, Nadal ha encontrado un golpe más mortífero incluso, pues es capaz de encontrar unos ángulos que abren la pista y obligan a su rival a desplazarse fuera de ella. Un golpe maestro porque le deja espacio suficiente para rematar el punto con su «derecha», también mucho más efectivo, fuerte y peligroso que antes. Afilado e ilegible cuando la pelota toca el suelo.

Paciencia

Una de las múltiples virtudes del español es ganar sin jugar bien. No es nada fácil porque se requieren grandes dosis de paciencia para no desesperarse y trabajar los puntos con las herramientas disponibles. Le pasó, sobre todo, en dos encuentros. En el estreno contra Simone Bolelli y la primera parte contra Diego Schwartzman nada funcionaba como quería. La pelota no se levantaba ni avanzaba ni hacía daño. Los rivales aprovecharon cuanto pudieron para pelearle los puntos e incluso robarle un set como el argentino. Pero Nadal aguantó esos momentos de poca lucidez sin ceder mucho terreno. Así, en cuanto volvieron sus golpes y sus ideas se aclararon, no tuvo que remontar demasiado. Bolelli y Schwartzman nada pudieron hacer cuando resurgió.

Capacidad mental

Al hilo de su paciencia, su mejor arma: esa fortaleza mental con la que subyuga a sus rivales aun cuando el resultado le es adverso. Ocurrió en el partido contra Juan Martín del Potro. Imperial el argentino en una primera manga en la que tuvo seis opciones de break. Tres en el tercer juego y tres en el noveno, con 4-3. Falló algunos, pero los demás los levantó Nadal con esa capacidad para mantener la tensión y la presión en el límite. En la segunda ocasión que pudo romper el saque a su rival, él sí lo hizo.

Lluvia

Fue el propio balear quien admitió que la lluvia le había ayudado contra Schwartzman. Perdió el primer set y cedió otro saque en el segundo (2-3). Y entonces, la lluvia. Un parón para refrescar las ideas, reflexionar y encontrar soluciones. En los quince minutos que se jugó después, Nadal le dio la vuelta al partido (5-3). En la reanudación al día siguiente ya no hubo atisbos de aquel desbarajuste mental. Y solo hubo un jugador sobre la pista

Poco desgaste

A pesar de que ha tardado más que el año pasado en ganar -18 horas y 6 minutos-, y que gastó más energía que su rival para llegar al último día, el número 1 ha aprendido a no obligar tanto a su físico. Los puntos han sido más cortos introduciendo más dejadas o subidas a la red.

abc.es
Juan Ramón Domínguez Palacios / http://anecdotasypoesias.blogspot.com.es

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