Ahora, que el hombre sueña en ser dueño de la vida, producirla, mantenerla y prolongarla, se está difundiendo el miedo, el hastío a la vida. El postmoderno, el de Instagram, el de la buena imagen, no admite la fragilidad, los límites
Edu tiene diecisiete años, estaría en segundo de Bachillerato, es listo, fuerte, deportista y guapo. Tiene un montón de amigos y una familia estupenda. Además, es creyente y quiere ser santo. Pero desde hace tres años está impedido por un infarto cerebral.
Lo único que mueve son los ojos. Voy a verle todas las semanas, unas veces está más contento y otras cansado, pero siempre me regala una sonrisa que vale todo el oro del mundo. Está rodeado de la atención, que la necesita toda, de sus padres, hermanos y demás familia. Tiene el apoyo de médicos y terapeutas.
No le faltan las visitas de sus amigos y amigas, y de vez en cuando, le llevan a un concierto. También a misa los domingos. Con esa sonrisa, que me gustaría que la vieran, Edu canta a la Vida.