Se trata de poner la letra a esa canción que los hijos van escuchando cada día, esa melodía cotidiana que tararean sus padres al ritmo de la vida
Quizá os ha pasado alguna vez. Unos amigos tienen en su casa una planta hermosa, la tienen en el vestíbulo o en el salón. Os fijáis en ella: “¡Qué bonita está!”, comentáis. Entonces os explican su historia: “Nos la regalaron en tal ocasión o la compramos hace muchos años. Un verano casi se nos muere, pero la pudimos recuperar. La regamos y la abonamos. Cada cierto tiempo le quitamos las hojas estropeadas y la ponemos a la luz…”. De forma breve, o no tan breve, os cuentan su historia, la historia de su planta.
Si una simple planta tiene su historia, que además es en cierto modo una historia de amor, cómo no va a tenerla nuestra relación. Las cosas humanas no se explican, sino que se cuentan porque no son entelequias: son acciones con historia. Por eso, la mejor forma, la única, de explicar qué es el amor es contar esa historia de la que somos protagonistas.