Esta declaración de la maestría
De Dios, que con magnífica ironía
Me dio a la vez los libros y la noche.
¿El hombre? Un ser que sufre, que ama,
que va a morir y que lo sabe.
Jorge Luis Borges
Náufrago
a la deriva del deseo de felicidad, zarandeado sin remedio -como se lamenta Hamlet
por los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne. Jorge Luis
Borges (1898-1986), el más célebre de los escritores argentinos, ciego desde la
mitad de su vida, resume la grandeza, la miseria y el enigma de la condición humana
en tres versos magníficos:
una isla de magia y de temores,
como lo son tal vez todos los hombres.
«Una isla de magia y de temores. » Incomparable expresión que condensa ese
constante deseo humano de plenitud, más o menos latente o despierto, pero siempre
presente. Y también la desazón de lo que no se alcanza o nunca se logra plenamente, porque nos toparemos con la muerte inevitable, pues todos somos «una sombra
que la Sombra amenaza». Por eso:
Un hombre solo en una tarde hueca deja correr sin fin esta imposible
nostalgia, cuya meta es una sombra.
¿Y después de la muerte? Borges no tiene respuesta para tal pregunta. Es un
interrogante que se contesta con otro interrogante:
¿Dónde estarán?, pregunta la elegía de quienes ya no son, como si
hubiera una región en que el Ayer pudiera ser el Hoy, el Aún y el Todavía.
Como si el que ayer estuvo vivo viviera aún, alentase entre los vivos todavía.
Borges no niega ni afirma la existencia después de la muerte.
Caben para él ambas
posibilidades, pues «nadie sabe / de qué mañana el mármol puede ser la llave». Pero
su corazón le pide plenitud:
¿Qué arco habrá arrojado esta saeta
que soy? ¿Qué cumbre puede ser la meta?
Para su padre muerto, la plenitud que Borges desea es el cielo concebido por
Platón:
Los arquetipos últimos que el griego soñó y que me explicabas.
¿Tenemos argumentos para esperar un más allá feliz? Borges tiene a Platón y a
Sócrates:
Qué no daría yo por la memoria De haber oído a Sócrates
Que, en la tarde de la cicuta, Examinó serenamente el problema De la
inmortalidad,
Alternando los mitos y las razones Mientras la muerte azul iba subiendo
Desde los pies ya fríos.
¿Tienen Platón y Sócrates la última palabra? En Otro poema de los dones, escribe
Borges:
Gracias quiero dar al divino
Laberinto de los efectos y de las causas
Por el último día de Sócrates,
Por las palabras que en un crepúsculo se dijeron De una cruz a otra
cruz.
Se alude a la conversación de Jesucristo con el buen ladrón, ambos crucificados
en el Calvario. Pero también está presente el Dios panteísta de Heráclito y los
estoicos, concebido como suprema Razón inmanente al mundo: un Logos o «divino
laberinto de los efectos y de las causas», pues parece razonable que:
Algo, que ciertamente no se nombra Con la palabra «azar» rige estas cosas.
En otros versos muy diferentes, el Dios de Borges es trascendente, como el Autor
y Espectador calderoniano deEl gran teatro del mundo. Y sostiene la existencia de lo
creado en todo momento, como afirma el pensamiento cristiano. Así lo expresa el
poeta:
Si el Eterno Espectador dejara de soñarnos Un solo instante, nos
fulminaría, blanco y brusco relámpago, Su olvido.
El Dios de Borges puede ser, según hemos visto, la Razón universal de los
estoicos y de los deístas ilustrados; y también la Causa inteligente vislumbrada por
Sócrates, Platón y Aristóteles, que «rige estas cosas» que llamamos universo.
Más
radical que la Causa inteligente es la Causa que origina y sustenta la misma
existencia del mundo. Esta radicalidad es propia del Dios bíblico, al que Borges alude
explícitamente con «las palabras que en un crepúsculo se dijeron / de una cruz a otra
cruz». Pero este Dios que explica todo lo que existe, todo lo que vemos y somos, es
para Borges un Dios que literalmente brilla por su ausencia. Hasta el punto de que su
presencia es su ausencia, su ausencia su presencia, y ambas resultan obsesivas:
¿En qué hondonada esconderé mi alma para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso, brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta, el mar al que se hunde.
José Ramón Ayllon, Dios y los náufragos
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