Es uno de los autores más solicitados en los circuitos católicos. Biógrafo de Chesterton, de Belloc, de Tolkien, de Lewis, de Campbell, de Shakespeare, de Wilde, de Solzhenitsyn, a sus lectores les debe el relato de la vida de otro gran escritor: la del mismo Pearce.
El diablo se mostró diligente con aquel adolescente furioso que ni creía en él -a los quince ya se declaraba agnóstico- ni había oído hablar de Fausto, pero que hubiera vendido su alma por dedicarse a tiempo completo al National Front, el partido de la derecha dura británica en los setenta y los ochenta. Solo un año después de rellenar su ficha de afiliación, Pearce era nombrado director de Bulldog, órgano de expresión de los cachorros ultras, y a los diecinueve era el miembro más joven de la mesa nacional.
Joe Pearce nació en el East End londinense en una época en la que la inmigración masiva -Enoch Powell tenía razón- empezaba a cambiarle la cara a la “merry England”, la feliz Inglaterra. Pertenece, por tanto, a esa generación de chicos de barrio que para reafirmarse en la rivalidad no tuvo que jugar a policías y ladrones o a sioux y vaqueros al salir de clase, pues cada día se zurraba la badana con los asiáticos recién llegados.


































